lunes, 17 de abril de 2017

Frente abierto a la pobreza

Hace poco menos de 20 años, el Parlament de Catalunya aprobaba la Renta Mínima de Inserción (RMI), “una acción de solidaridad de carácter universal hacia los ciudadanos y las ciudadanas con graves dificultades económicas y sociales…” que pretendía que “las personas atendidas pudieran alcanzar la plena autonomía personal, familiar, económica y social”. En agosto de 2011, en plena crisis, el gobierno de Mas, enarbolando la bandera de la lucha contra el ‘asistencialismo’, que es lo que la derecha identifica como el peor enemigo de la ‘justicia social’, dio la puntilla a la RMI. Tras contratar a 40 técnicos mediante una conocida empresa de trabajo temporal, el govern pasó a revisar 20.000 expedientes en busca de supuestos fraudes. Se creaba así el ambiente político y social necesario para eliminar, mediante decreto, el carácter universal de la RMI, y convertir ésta en poco más que una ayuda discrecional.

La iniciativa de CiU, que dejó en una situación de extrema precariedad a buena parte de las 34.000 familias que cobraban en 2011 la RMI, levantó una fuerte marea de indignación. Por lo torticero de la escenificación, por la falta de sensibilidad social, pero también por la incoherencia de una medida que teóricamente obedecía a razones presupuestarias, cuando 3 meses antes, el gobierno de Mas había promovido, junto al PP, una nueva modificación del impuesto de sucesiones que redundaba en el problema de fondo, la redistribución interesada de la renta nacional catalana. Fruto de esta indignación nacía la plataforma para promover una Renta Garantizada de Ciudadanía (RGC), que ya había sido presentada, en 2003, por CCOO de Catalunya, como instrumento para la lucha contra la pobreza, y que exigía que se articulara de una vez el derecho promovido por el artículo 24.3 del Estatuto de Autonomía de Catalunya.

El libro ‘Rescatem les persones’ firmado por Arcarons, Garganté y Toledano, en julio de 2013, da las claves de la iniciativa de ley presentada, el 25 de enero de 2013, a la presidenta del Parlament, y cuyo objetivo no es otro que el de asegurar los mínimos de una vida digna a las personas y a las familias o núcleos de convivencia que se encuentran en situación de pobreza, mediante “itinerarios, acciones y servicios de inclusión e integración social”. La RGC se presentaba como un derecho subjetivo, individual, universal, subsidiario y de carácter suplementario, no sujeto a condicionamientos personales, ni tampoco a disponibilidad presupuestaria. La cuantía de la RGC, ligada a la Renta de Suficiencia (IRSC), era en ese momento de 664€ mensuales y los cálculos realizados en el marco de un fuerte impacto social de la crisis, no superaba el 5% del presupuesto de la Generalitat, o el 1% del PIB catalán.

La negociación sobre la RGC ha ido avanzando a trompicones a lo largo de los dos últimos mandatos, pero parece encallada en algunas cuestiones fundamentales. Uno de los elementos de fondo es con toda probabilidad el viejo debate de ‘estímulo o exigencia’ que caracterizó la introducción de la agenda 2010 alemana (Hartz IV…), y la prevalencia del tópico ideológico del ‘asistencialismo’. La contraposición interesada de la ‘responsabilidad individual’ frente a la ‘responsabilidad o solidaridad colectiva’ no debería distraer de la cuestión de fondo, que es el derecho subjetivo de la persona a vivir con dignidad, eso es, el derecho a disponer de medios que garanticen el derecho a la vivienda, los suministros, a una alimentación sana, la educación, la sanidad o la autonomía personal. Este está recogido en la constitución y se le ha de suponer continuidad y desarrollo en cualquier hipotético marco jurídico futuro.

El compromiso por parte de los y las trabajadoras catalanas con este derecho se hizo aún más visible con la firma, el 20 de febrero de este año, de una declaración de las organizaciones sindicales catalanas, que proponía extender la acción protectora de la RGC a “todos aquellos/as que tengan rentas del trabajo por debajo de la IRSC”, y que aprobaron por unanimidad los delegados al XIº congreso de CCOO de Catalunya en el marco de la resolución ‘Luchemos por el trabajo digno y contra la precariedad’. El riesgo que comporta que la patronal aproveche la complementación del salario con tal de garantizar la dignidad de las personas, para alimentar aún más la devaluación salarial, ha sido asumido desde la responsabilidad de la clase trabajadora y las organizaciones que la representan. La lucha contra el fraude será posible si existe la voluntad política de complementar la dotación de la RGC con mecanismos creíbles y eficientes socialmente para la inserción laboral, y si se garantiza que las organizaciones sindicales puedan intervenir con mayor fuerza en el seguimiento de la contratación y en la extensión de la cobertura de la negociación colectiva.

martes, 11 de abril de 2017

Che Pibex!

Queremos expresar nuestro más sincero pésame por la gran pérdida que supone para la familia del socialismo la desaparición de Carme Chacón. La muerte de una compañera joven, con un compromiso vivo en la defensa de lo público y de notoria intuición y capacidad políticas, es una triste noticia para el conjunto de las y los ciudadanos de este país, y especialmente para aquellos/as que creemos en la centralidad que tiene la política para el bien más preciado que compartimos todas y todos, y que no es otro que el de la democracia como espacio común y articulado de transformación social.

La centralidad en términos democráticos de la política frente a la economía, debería ser hoy también el debate de fondo en la renovación del Partido Socialista en aras del congreso que celebrará en junio de este año. Al margen de las pruebas de fuerza y de la supuesta liza entre bases y aparato con la que se ha querido identificar, en el concurso a las primarias, las candidaturas de Pedro Sánchez y de la actual Presidenta de Andalucía, sin duda la mejor noticia para la democracia en este país sería que del congreso emergiera una dirección unitaria con un compromiso amplio y generoso con respecto a la confluencia en la izquierda.

Para ello valdría la pena realizar un breve repaso al posicionamiento del PSOE a lo largo de los últimos años con respecto al poder económico y, muy especialmente, en relación a las grandes empresas. La publicación de ‘IBEX 35. Una historia herética del poder en España’ brinda para ello una interesante oportunidad. El libro publicado por Rubén Juste, denso pero estimulante, ofrece un análisis pormenorizado de la historia de los grandes grupos en España, dando algunas claves bien documentadas, que van mucho más allá de la especulación tendenciosa, o de los tópicos con los que algunos han querido caracterizar el trabajo de este joven sociólogo.

Una de las tesis centrales es la del poder político sirviendo los intereses del poder económico, como habría sucedido con la reforma laboral del 9 de septiembre de 2010, que facilitó los procesos de restructuración de unas multinacionales que, en mayo de 2010, acumulaban, en palabras de Miguel Ángel Ordóñez, una deuda de 236.505 millones, o de más de medio billón, según el cálculo de otros economistas. Pero si bien parece evidente que no es la población, sino que son las grandes empresas las que tienen una tendencia natural a ‘vivir por encima de sus posibilidades, Juste identifica un cambio en profundidad en la personalidad del IBEX 35.

Desde 1991 tres actores habrían dominado el conjunto del índice, el Estado (1991-1996), los bancos (1996-2000) y cajas de ahorro (1996-2011) y los fondos de inversión (2012-…). En la actualidad de las 35 empresas del IBEX tan sólo quedarían 16 con participaciones de control en manos de capital autóctono, dividiéndose el universo bursátil en tres galaxias dominantes, la de las empresas vinculadas al SEPI, a la Caixa y a la americana Blackrock. Estas tres serían las que, tras los pobres resultados del 26J, habrían forzado mediáticamente la dimisión, en octubre de 2016, de Pedro Sánchez, con tal de facilitar la investidura de Mariano Rajoy.

Susana Díaz buscó desde el principio una buena sintonía con las empresas del IBEX 35 y de ello dan fe los convenios firmados entre enero y abril de 2014 con los presidentes de BBVA, Santander, Caixabank, Telefónica y Endesa, por ahora con magros resultados en lo relativo a su intención original; combatir el desempleo. Hasta qué punto esta ‘cercanía’ pragmática está hoy, a pesar de servir como factor aglutinante en el interno, fuera de órbita, lo corroboran dos cuestiones relevantes. Por un lado que las grandes empresas son ya, en su mayoría, actores exógenos sin ningún vínculo social con el país. Por el otro, que, a pesar de que su valor bursátil equivalga al 50% de la riqueza del país, estas tan sólo aportan el 7,5% de los ingresos fiscales y crean poco menos del 10% del empleo.

Si hay una cuestión que sería deseable que centrara el debate en el PSOE en los prolegómenos de su congreso, es el balance de la crisis, que puede ser considerada como una operación de redistribución vertical, desde abajo hacia arriba, inscrita en una ofensiva ideológica en toda regla y en un giro en el dominio hegemónico de la comunicación social. Se trata en definitiva de tomar distancia de quien considera que “Hay que educar a la población (en Europa) para que vote al líder correcto que tome las medidas concretas” (así el Presidente de Blackrock), y de recuperar el compromiso firme con una vocación social y democrática que no puede aceptar otra soberanía que no sea la popular.

domingo, 2 de abril de 2017

Gente pequeña

A las puertas del XI congreso de CCOO de Catalunya y después de haber finalizado el balance de mandato y el plan de trabajo, toca reflexionar sobre los retos que se nos han presentado y en cómo les hemos hecho frente. Es también la hora de agradecer a los y las compañeras su confianza y compromiso con el trabajo del día a día, que es el que se acaba viendo, y muy especialmente a aquellos que por edad, circunstancia o voluntad propia pasan a un segundo plano. Hemos de incluir aquí al que aún es nuestro Secretario General y que ha llevado el peso de la responsabilidad de la organización durante estos últimos 8 años, un periodo que ha sido probablemente uno de los más complejos en la historia reciente del sindicalismo catalán.

Quién lo conoce, sabe que Joan Carles es muy poco amigo de los sentimentalismos y que los agradecimientos, especialmente si son demasiado efusivos e intentan tocar vena, lo ponen nervioso. Para un sindicalista de inspiración ‘estajanovista’, y que ha demostrado, desde responsabilidades muy diversas su compromiso con la organización, la dedicación plena y los dolores de cabeza forman parte de la factura que pasa la militancia. Así en vez de lanzarle flores, y de torturar al amigo Gallego con una hagiografía con galería de adjetivos, hitos, conquistas y victorias más o menos pírricas, le quiero brindar una reflexión breve entorno a una de las citas a las que ha recorrido con mayor asiduidad y que debemos a Eduardo Galeano.

“Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, pueden cambiar el mundo”. Esta frase recoge, de manera sencilla y clara, el que es el valor que comporta un proyecto humano cohesionado, y cómo los cambios reales se deben siempre a iniciativas colectivas que dejan a un lado el individualismo, para construir algo en el que es más el todo que la suma de las partes. La lucha por la democracia es un buen ejemplo, como también lo es la lucha obrera y la conciencia de clase a la que debemos este estado del bienestar que hoy se ve tan amenazado. Porque hoy el individualismo es nuestro peor enemigo, y es, en la misma medida, la principal oportunidad del capital; ideológica tecnológica y cultural, para imponer un brutal cambio de paradigma.

Pero vayamos por partes. A menudo las cosas se explican mejor por lo que no se ve, que por aquello que se nos presenta. El silencio monstruoso que el año pasado tapó el 500 aniversario de la Utopía de Tomás Moro, es un buen ejemplo. Y eso a pesar de que más allá de textos sagrados, de imperios góticos e incluso de revoluciones como la ilustración, la principal seña de identidad de Europa no es otra que la voluntad de superación y la fuerza creativa que inspiraron este magnífico relato. El valor y el significado de la Utopía pasaron así de puntillas. Por lo que tiene de proyección colectiva, de hito común, de sueño compartido, algo que es justo lo contrario de los que nos quieren vender: los roles, efectos y luces de una virtualidad, que es pura dimensión ‘individual’.

Hoy algunos sueños son realidad. Se dibujan en las pantallas de los móviles y de los ordenadores. Dominamos mundos infernales, somos héroes de silicio y proyectamos nuestro carisma personal en redes sociales y chats. Pero a esta proyección le falta siempre lo fundamental, una dimensión colectiva. Le falta también a la política, en la que dominan demasiado a menudo las personalidades y la vocación por la gestión, en vez de una visión colectiva que quiera transformar la realidad. En el otro sentido, y si miramos hacia atrás, la memoria colectiva, como espacio de dignidad y de conciencia social, es devaluada constantemente ante la centralidad emergente de la ‘historia’ individual, almacenada en discos duros, fotos, perfiles, notas, mensajes y nubes que nunca volverán a pasar.

Pero tal vez donde se hace más evidente la ofensiva contra cualquier forma de dimensión ‘colectiva’ es en la estigmatización de la ‘solidaridad’ como expresión de inteligencia colectiva. Por esto el sindicalismo de clase es probablemente tan perseguido. Porque va más allá de la competitividad como dimensión ‘individual’ de la lucha por el presente, y porque ofrece la cooperación y la organización como alternativa ‘colectiva’. Esto es lo que he aprendido de compañeros como Joana o Joan Carles.

El animal favorito de este último es una criatura mediterránea, la lagartija. Tal vez porque sube paredes, es capaz de comerse algunos de los insectos más molestos, porque es ágil y rápida, y porque sabe reconstruirse cuando le han cercenado una parte del cuerpo. Todo una receta de éxito, que sin duda ha inspirado también a las CCOO de Catalunya a lo largo de dos mandatos muy complicados en los que hemos podido disfrutar de un liderazgo fuerte y generoso, que hoy nos toca agradecer y celebrar.

domingo, 26 de marzo de 2017

El efecto látigo

Sin duda uno de las cimas dialécticas de la oratoria parlamentaria se alcanzó hace bien poco, cuando el diputado del PP, Bernabé Pérez, defendía en el congreso la mutilación del rabo de los perros de caza con tal de proteger su seguridad y la de sus dueños. El orador argüía con solemnidad, y ante la estupefacción generalizada, que “El efecto látigo existe y daña con asiduidad a los propietarios”. No sabemos si Bernabé, ante el bullicio, puso cara de perro, o si le llegaría el humor para entrever que él mismo estaba escenificando desde el atril una variante política del ‘efecto látigo’, y que con sus argumentos demostraba que este no es una exclusiva del mundo canino, sino que se contagia con facilidad a algunos oradores.

El ‘efecto látigo’ tiene lugar cuando un parlamentario, ministro o cargo en cuestión, es especialmente incisivo o pertinaz, pero no acaba sino poniéndose en evidencia a sí mismo. Las actas del congreso y las hemeroteca están llenas de de truculentos ejemplos, y con Trump, el efecto látigo se ha convertido incluso en seña de identidad de una manera de hacer política. Uno de los últimos y más notorios latigazos a nivel europeo es sin duda el que Jeroen Dijsselbloem quiso propinar a los países del Sur, tildándolos de irresponsables, mujeriegos y alcohólicos, y que, en la medida de la desproporción, del trasfondo machista y del racismo que caracterizó su salida de tono en una entrevista, acabó por propinarse en sus propias carnes.

La mediocridad intelectual y la vulgaridad de Dijsselbloem son harto conocidas, y si algo le ha salvado hasta ahora el rabo y con él el látigo, ha sido su buena disposición para interpretar, a demanda del inefable Schäuble, el papel de Kasperle, ya se sabe, el guiñol guardián del tesoro, que va sacudiendo con su garrote a todo aquel que se cruza por delante. Que a quien aún hoy lidera el Eurogrupo no lo soportan ni en su propio país, quedó meridianamente claro con las recientes elecciones en los Países Bajos. Allí el Partido del Trabajo, del Ministro de Finanzas holandés, perdió un 75% de sus apoyos, pasando de 38 a 9 escaños, en lo que no puede entenderse sino como una consecuencia del ‘efecto látigo’ en términos democráticos.

Djisselbloem ha renunciado a pedir disculpas. Ha defendido que es su naturaleza ‘calvinista’ la que le obliga a hablar con especial sinceridad, con lo cual ha desechado que se tratara de un ‘lapsu linguae’, y ha puesto en evidencia que, a pesar de las bienintencionadas palabras de Juncker, en su ‘pensamiento profundo’ prevalecen los más vulgares estereotipos. Si todo el affaire es lamentable, lo es aún más que se haya escenificado en la antesala de la celebración del 60 aniversario del Tratado de Roma. Que el zurriagazo autoimpuesto por el jefe del Eurogrupo sea suficiente como para apearlo del puesto, está por ver. El daño que ha infligido una vez más al proceso de construcción europeo, es sin embargo notorio.

El horizonte sociocultural del ministro de finanzas holandés es ciertamente una rémora de la actitud, torpe y arrogante, que ha marcado el discurso financiero europeo durante la crisis. La vocación por el estereotipo, por las culpas y virtudes colectivas, es uno de los elementos que han determinado el hundimiento del proyecto común en el marco de la crisis. Muestra la incapacidad o falta de voluntad por parte de algunos así llamados líderes europeos, para asumir que la Unión ha de superar la perspectiva de los estados y sobre todo abandonar la tentación de instrumentalizar las instituciones europeas con tal de sacar réditos o ventajas hegemónicas para el interés ‘nacional’.

En el 60 aniversario del Tratado de Roma debería ser prioritario abandonar el discurso de la culpa colectiva, y con él la miserable cantinela de los estereotipos históricos, para reforzar la dimensión de las responsabilidades y de los derechos de los individuos, más allá del color de su pasaporte. Para ello es básico avanzar en la convergencia al alza y en la integración por la vía de las garantías y derechos básicos (incluido el salario mínimo), y democratizar las instituciones europeas. También aquellas que, como en el caso del Eurogrupo, tienen muy poca legitimidad, porque desarrollan su actividad en un ‘ángulo muerto’ del control ejercido por las y los ciudadanos (Picketty), y sirven de caldo de cultivo a sujetos tan diletantes, grises, narcisistas y desafortunados como el presuntuoso Jeroen Dijsselbloem.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Baja mental

Hace ahora 100 años un equipo de 7 psicólogos liderados por Robert Yerkes se enfrentaba a la tarea de evaluar las capacidades intelectuales de las tropas norteamericanas que se incorporaban a la 1ª guerra mundial. El armisticio no permitió que se pudiera confirmar la utilidad de los así llamados army alpha y army beta tests, sin embargo, la sistematización de la recogida de datos de más de millón y medio de soldados, y su explotación sentaron un hito en la historia de la psicometría y promovieron el uso posterior de tests de aptitud y de paso el apetito por la categorización, eso es, crear un vínculo sistemático entre la respuesta a una serie de pruebas y la definición de las capacidades de la persona. Hoy la validez y el interés de la metodología utilizada por Yerkes, queda cuestionada no tan sólo por su proximidad a la eugenesia y su complacencia con el racismo, sino por sus evidentes carencias metodológicas.

El enfoque de los estudios era de carácter transversal, eso es, comparando un universo estadístico de pronunciada diversidad cultural, social y generacional, buscando similitudes con criterios de alfabetización, pero también mediante otros criterios demográficos. Si por un lado los resultados de army alpha fueron utilizados en las políticas de restricción inmigratoria (para preservar las aptitudes ‘raciales’) aprobadas, en 1924, en EEUU, por el otro, y a pesar de tratarse de test realizados para establecer aptitudes ‘militares’, influyeron en la percepción de las capacidades asociadas a la edad. Así la experiencia liderada por Yerkes se puede situar como uno de los referentes en la aparición y propagación del modelo de déficit, aquel por el cual la edad no tan sólo comporta una pérdida en las capacidades físicas y sensoriales, sino también en las capacidades intelectuales, y que, por desgracia, sigue siendo muy popular.

El mito del declive progresivo e integral de las capacidades (con la excepción de la clase política, eso sí), explica hoy la casi nula contratación de profesionales a partir de los 50 años, la limitación que tienen estos a la hora de participar en medidas de formación continua, y su papel preferente en los procesos de expedientes de extinción de empleo. Pero lo que resulta especialmente remarcable es que esta narrativa haya sido interiorizada hasta tal punto, que en muchos casos el trabajador/a acaba por renunciar a su derecho a la formación, a la adaptación del entorno laboral, y finalmente al empleo. El colectivo de los trabajadores mayores, que hoy concentran más del 50% del paro de muy larga duración, supone, junto al de los trabajadores jóvenes, la mayor oportunidad para recuperar sostenibilidad y capacidad integradora para nuestro sistema de seguridad social.

Para ello hace falta un cambio de narrativa. Como establecieron Horn y Cattell hacer ahora ya 50 años, la inteligencia es un fenómeno complejo que reúne competencias muy diversas. Así se puede distinguir entre una inteligencia ‘joven’, la así llamada inteligencia ‘fluida’, que se basa en la capacidad y velocidad del procesamiento de la información y en la adaptación a entornos desconocidos y complejos. Por otro lado la ‘inteligencia cristalina’, que, si se mantiene el estímulo, no decae con la edad, desarrolla mediante el saber cultural, la experiencia y la inteligencia verbal y social, la capacidad de abordar estrategias de solución de conflictos, de orientar a otros o de formar. Está demostrado que con la adaptación del entorno laboral, un liderazgo motivador y formación permanente, los y las trabajadoras, también a partir de los 50, no tan sólo mantienen su rendimiento, sino ampliar con la edad el valor añadido que generan para la empresa y para la sociedad.

Esta potencialidad choca sin embargo con una cultura empresarial que, en muchos casos, se siente próxima a lo militar, en el marco de la competitividad como ‘guerra económica permanente’, y que comulga plenamente con la cultura de la ‘eterna juventud’, que se ubica en el ADN de nuestra sociedad de consumo. Luchar contra ella exige, en un país de empresas pequeñas, el recuperar la capacidad de negociación colectiva sectorial y reforzar el diálogo social con tal de que pueda abrirse un debate amplio sobre la necesidad insoslayable de desarrollar, entre todos y todas, un mercado laboral más integrador y robusto. El horizonte de la digitalización, con un déficit permanente de gobierno, puede encontrar precisamente en la inteligencia cristalina, en el valor de la mediación, de la orientación, del cuidado y de la visión social, un complemento irrenunciable para garantizar un progreso tecnológico que sea a su vez social y humano. Si hace 50 años se hablaba de ‘Socialismo o barbarie’, hoy conviene empezar a pensar en la disyuntiva ‘Cultura o algoritmo’, y es aquí donde la experiencia y la empatía suponen, además de un grado, una garantía de permanencia sociocultural.

martes, 14 de marzo de 2017

Fátima

En julio se cumplirán 100 años del milagroso encuentro de tres pastorcillos portugueses con la que sería conocida como la virgen de Fátima. Sus tres misterios han sido interpretados como una alusión al infierno, a los supuestos peligros del comunismo y a los que comporta la pérdida de la fe en la modernidad. Pero sin duda el misterio mayor es el culto mismo. Fátima se ha convertido en un lugar de peregrinación que ya nada tiene que ver con los fenómenos meteorológicos, los efectos de la exposición prolongada de la retina al sol, o el abuso doctrinal ejercido en la vida de tres niños. Si uno lee los testimonios de los peregrinos que acuden al santuario, se encuentra con algunos pasmosos. Está por ejemplo Manuela Moreira, de 63 años que, tras andar casi 200 kilómetros, el último tramo de rodillas, expresa su agradecimiento porque "El año pasado mis hijos estaban en el paro y ahora ya tienen empleo (...)”.

Será por vecindad o por tradición religiosa, pero también nuestro país sufre el poderoso influjo de Fátima. En un mixto ibérico que combina el lastre implacable del pesimismo católico, con el impuesto por la ortodoxia del mercado, parece que aceptamos de frente y escrutando el sol en el horizonte, como aquel 13 de octubre de 1917, el carácter sobrenatural de nuestra coyuntura socioeconómica. Y es que tan sólo desde la ceguera temporal o desde la fe ciega, se puede explicar la transigencia con las políticas impuestas por el gobierno Rajoy. Con la corrupción y la degradación de la vida pública. Con la devaluación del trabajo y la extensión de la precariedad laboral. Con el expolio del fondo de pensiones, que resulta especialmente lacerante en el marco de la zozobra programada de nuestro modelo de seguridad social.

El previsible agotamiento del fondo de reserva, desde el máximo, en 2011, de 66.815 millones de euros, se explica por las sucesivas disposiciones que se han realizado después de suspender en 2012 el PP el límite legal máximo establecido anteriormente en el 3% anual. La reducción de los ingresos por cotización social, que tiene su origen en la devaluación del mercado de trabajo, introducido por las dos últimas reformas laborales, se ha complementado con una intervención fiscal en toda regla. En la implacable lógica de crear el problema para imponer la solución que interesa, se ha desarticulado el sistema de pensiones, desviando, del 2012 a 2015, 47.201 millones de euros a gastos, que nada tienen que ver con el carácter contributivo del sistema. Ahora se dice que este es insostenible, para argumentar, de inmediato, que conviene reducir aún más las cotizaciones con tal de impulsar la competitividad.

Pero el problema de la robustez y sostenibilidad del modelo, radica, parece evidente, en la pérdida de recaudación del sistema productivo y del sistema fiscal. La mejora de los ingresos por cotización es posible si se revierte el efecto destructivo de las dos últimas reformas laborales, se recupera la calidad del empleo y con ella se reactiva la demanda como motor de la economía. Es necesario para ello más progresividad, aumentar las bases máximas y equiparar la base media entre el régimen de autónomos y el general. Cuando las cotizaciones son las más bajas desde el año 1982, es prioritario recuperar por ley el principio de separación, garantizando que el sistema atienda no más que las prestaciones contributivas, excluyendo las sociales y de supervivencia, los gastos de gestión administrativa, y las ayudas a la contratación, al emprendimiento o al sistema agrario, que deben ser satisfechos en el marco fiscal.

El tránsito demográfico es una evidencia, pero no se soluciona con la liberalización del sistema, sino mediante un plan de choque para crear empleo de calidad, aumentar el salario mínimo interprofesional y aflorar el empleo sumergido con tal de recuperar capacidad contributiva. El derecho al empleo, es la mejor garantía para la sostenibilidad del sistema de previsión social, y ha de quedar preservado en el marco de otro tránsito, cuya sombra se cierne sobre nuestro futuro inmediato, el tecnológico. Es más que improbable que el gobierno Rajoy esté a la altura de la situación, que precisa de un consenso amplio. Por eso la mayor incertidumbre hoy es si la ciudadanía transigirá con un proyecto legislativo que devalúe aún más el modelo de seguridad social, y fíe su suerte, no al sistema público y al sentido común, sino a Fátima y a Mariano.

lunes, 27 de febrero de 2017

Vista cansada

La caja mágica, así el complejo en las estribaciones del Manzanares en la que se organizó, hace tres semanas, el congreso del PP, fue sin duda una interpretación exquisita de los problemas contables que ha atravesado el partido en el gobierno, y fue también toda una declaración de intenciones, fiel al ilusionismo político que caracteriza a la derecha en nuestro país. A unos pocos kilómetros, en el Palacio de Vistalegre, escenario del congreso de Podemos, la ilusión también jugó un papel central, más por la voluntad de reeditar el entusiasmo de los días de juventud frente a la presión oceánica de algunos medios de comunicación, que por el ánimo presente. Sin embargo, frente al monolitismo deslustrado de la derecha, la democracia desbordada y desbordante con la que se puso en escena la lucha programática en el seno del partido que aspira a aglutinar la nueva izquierda, supuso un aliciente necesario, más si cabe ante la interminable crisis de identidad que experimenta la socialdemocracia europea.

La presbicia política es un problema que, en el 90% de los casos, va asociado a la madurez. La vista cansada comporta, por regla general, una disminución en la agudeza visual que tiene que ver con la pérdida de elasticidad del cristalino que, como es sabido, se sitúa entre la cortinilla del iris y el humor vítreo. Este fenómeno es también endémico de la vida y del desarrollo fisiológico de las organizaciones políticas, y especialmente de la izquierda. Si en el caso de la derecha el problema recurrente es el de la miopía crónica, y por tanto el de la distorsión de la realidad, en la izquierda es la rigidez interna la que acaba por estropear la lectura que se hace de las prioridades de la acción sociopolítica. Que en el caso de Podemos, el Palacio de Vistalegre nos haya ahorrado un nuevo caso de presbicia prematura, es por eso de saludar. Ni la pureza de los argumentos ni la cultura del liderazgo, ni tampoco su educación sentimental, son excusa suficiente para demorarse en construir una alternativa de progreso.

Es por eso de esperar que la nueva dirección liderada por Pablo Iglesias tenga la capacidad de aglutinar las diferentes sensibilidades, considerando no tan sólo la decisión de la militancia, sino también la sensibilidad de quienes votan a Podemos. En este sentido, la reciente encuesta de GESOP es una referencia interesante, no por ceder a la influencia de la demoscopia, que ha demostrado demasiadas veces su parcialidad, sino para estar a la altura de las expectativas depositadas desde la nueva izquierda en un proyecto de gobernabilidad. Para ello, por la muy dilatada agenda de la gestora del PSOE, habrá que atender qué rumbo se decide en su congreso de junio. La opción de la ‘nueva socialdemocracia’ de Sánchez parece la opción más atractiva, frente a la de Susana Díaz que, tal y como se apreció en el foro del pasado sábado, en el que se presentó el programa económico ‘El futuro comienza con una economía sostenible y social’, se reafirma en su vocación por un bipartidismo ya superado.

La renuncia a denunciar explícitamente la reforma laboral del PP, y la desafortunada propuesta de dar el “gran salto” en el modelo económico, pasando del “yo lo hago más barato” de la reforma de PP a “yo lo hago mejor y a buen precio” hacen temer lo peor. Si del 39 congreso sale un proyecto que recupere la vocación clásica de la socialdemocracia, no de adaptarse al mercado, sino de regularlo desde la coherencia política, se podría abrir la posibilidad a una confluencia real que permita una alternativa a la portuguesa. Si el resultado es la reedición del social liberalismo por parte del PSOE, cuyo espacio ya ocupa Ciudadanos, Podemos deberá ampliar su espectro político para representar a la mayoría social que está por la reforma y la transformación social. Si parece evidente que no es posible estar a merced de las encuestas, ni tampoco de los congresos ajenos, el potencial hoy está en dejar de lado rigidez y humor vítreo para poner más atención en la solidez del proyecto. La confluencia social, con los sindicatos, con los movimientos sociales, es la mejor manera de mantener clara y nítida la visión, entiendo la izquierda como un proyecto que está más allá de las siglas y de las personas, porque apela y precisa de una amplia mayoría social.