miércoles, 22 de marzo de 2017

Baja mental

Hace ahora 100 años un equipo de 7 psicólogos liderados por Robert Yerkes se enfrentaba a la tarea de evaluar las capacidades intelectuales de las tropas norteamericanas que se incorporaban a la 1ª guerra mundial. El armisticio no permitió que se pudiera confirmar la utilidad de los así llamados army alpha y army beta tests, sin embargo, la sistematización de la recogida de datos de más de millón y medio de soldados, y su explotación sentaron un hito en la historia de la psicometría y promovieron el uso posterior de tests de aptitud y de paso el apetito por la categorización, eso es, crear un vínculo sistemático entre la respuesta a una serie de pruebas y la definición de las capacidades de la persona. Hoy la validez y el interés de la metodología utilizada por Yerkes, queda cuestionada no tan sólo por su proximidad a la eugenesia y su complacencia con el racismo, sino por sus evidentes carencias metodológicas.

El enfoque de los estudios era de carácter transversal, eso es, comparando un universo estadístico de pronunciada diversidad cultural, social y generacional, buscando similitudes con criterios de alfabetización, pero también mediante otros criterios demográficos. Si por un lado los resultados de army alpha fueron utilizados en las políticas de restricción inmigratoria (para preservar las aptitudes ‘raciales’) aprobadas, en 1924, en EEUU, por el otro, y a pesar de tratarse de test realizados para establecer aptitudes ‘militares’, influyeron en la percepción de las capacidades asociadas a la edad. Así la experiencia liderada por Yerkes se puede situar como uno de los referentes en la aparición y propagación del modelo de déficit, aquel por el cual la edad no tan sólo comporta una pérdida en las capacidades físicas y sensoriales, sino también en las capacidades intelectuales, y que, por desgracia, sigue siendo muy popular.

El mito del declive progresivo e integral de las capacidades (con la excepción de la clase política, eso sí), explica hoy la casi nula contratación de profesionales a partir de los 50 años, la limitación que tienen estos a la hora de participar en medidas de formación continua, y su papel preferente en los procesos de expedientes de extinción de empleo. Pero lo que resulta especialmente remarcable es que esta narrativa haya sido interiorizada hasta tal punto, que en muchos casos el trabajador/a acaba por renunciar a su derecho a la formación, a la adaptación del entorno laboral, y finalmente al empleo. El colectivo de los trabajadores mayores, que hoy concentran más del 50% del paro de muy larga duración, supone, junto al de los trabajadores jóvenes, la mayor oportunidad para recuperar sostenibilidad y capacidad integradora para nuestro sistema de seguridad social.

Para ello hace falta un cambio de narrativa. Como establecieron Horn y Cattell hacer ahora ya 50 años, la inteligencia es un fenómeno complejo que reúne competencias muy diversas. Así se puede distinguir entre una inteligencia ‘joven’, la así llamada inteligencia ‘fluida’, que se basa en la capacidad y velocidad del procesamiento de la información y en la adaptación a entornos desconocidos y complejos. Por otro lado la ‘inteligencia cristalina’, que, si se mantiene el estímulo, no decae con la edad, desarrolla mediante el saber cultural, la experiencia y la inteligencia verbal y social, la capacidad de abordar estrategias de solución de conflictos, de orientar a otros o de formar. Está demostrado que con la adaptación del entorno laboral, un liderazgo motivador y formación permanente, los y las trabajadoras, también a partir de los 50, no tan sólo mantienen su rendimiento, sino ampliar con la edad el valor añadido que generan para la empresa y para la sociedad.

Esta potencialidad choca sin embargo con una cultura empresarial que, en muchos casos, se siente próxima a lo militar, en el marco de la competitividad como ‘guerra económica permanente’, y que comulga plenamente con la cultura de la ‘eterna juventud’, que se ubica en el ADN de nuestra sociedad de consumo. Luchar contra ella exige, en un país de empresas pequeñas, el recuperar la capacidad de negociación colectiva sectorial y reforzar el diálogo social con tal de que pueda abrirse un debate amplio sobre la necesidad insoslayable de desarrollar, entre todos y todas, un mercado laboral más integrador y robusto. El horizonte de la digitalización, con un déficit permanente de gobierno, puede encontrar precisamente en la inteligencia cristalina, en el valor de la mediación, de la orientación, del cuidado y de la visión social, un complemento irrenunciable para garantizar un progreso tecnológico que sea a su vez social y humano. Si hace 50 años se hablaba de ‘Socialismo o barbarie’, hoy conviene empezar a pensar en la disyuntiva ‘Cultura o algoritmo’, y es aquí donde la experiencia y la empatía suponen, además de un grado, una garantía de permanencia sociocultural.

martes, 14 de marzo de 2017

Fátima

En julio se cumplirán 100 años del milagroso encuentro de tres pastorcillos portugueses con la que sería conocida como la virgen de Fátima. Sus tres misterios han sido interpretados como una alusión al infierno, a los supuestos peligros del comunismo y a los que comporta la pérdida de la fe en la modernidad. Pero sin duda el misterio mayor es el culto mismo. Fátima se ha convertido en un lugar de peregrinación que ya nada tiene que ver con los fenómenos meteorológicos, los efectos de la exposición prolongada de la retina al sol, o el abuso doctrinal ejercido en la vida de tres niños. Si uno lee los testimonios de los peregrinos que acuden al santuario, se encuentra con algunos pasmosos. Está por ejemplo Manuela Moreira, de 63 años que, tras andar casi 200 kilómetros, el último tramo de rodillas, expresa su agradecimiento porque "El año pasado mis hijos estaban en el paro y ahora ya tienen empleo (...)”.

Será por vecindad o por tradición religiosa, pero también nuestro país sufre el poderoso influjo de Fátima. En un mixto ibérico que combina el lastre implacable del pesimismo católico, con el impuesto por la ortodoxia del mercado, parece que aceptamos de frente y escrutando el sol en el horizonte, como aquel 13 de octubre de 1917, el carácter sobrenatural de nuestra coyuntura socioeconómica. Y es que tan sólo desde la ceguera temporal o desde la fe ciega, se puede explicar la transigencia con las políticas impuestas por el gobierno Rajoy. Con la corrupción y la degradación de la vida pública. Con la devaluación del trabajo y la extensión de la precariedad laboral. Con el expolio del fondo de pensiones, que resulta especialmente lacerante en el marco de la zozobra programada de nuestro modelo de seguridad social.

El previsible agotamiento del fondo de reserva, desde el máximo, en 2011, de 66.815 millones de euros, se explica por las sucesivas disposiciones que se han realizado después de suspender en 2012 el PP el límite legal máximo establecido anteriormente en el 3% anual. La reducción de los ingresos por cotización social, que tiene su origen en la devaluación del mercado de trabajo, introducido por las dos últimas reformas laborales, se ha complementado con una intervención fiscal en toda regla. En la implacable lógica de crear el problema para imponer la solución que interesa, se ha desarticulado el sistema de pensiones, desviando, del 2012 a 2015, 47.201 millones de euros a gastos, que nada tienen que ver con el carácter contributivo del sistema. Ahora se dice que este es insostenible, para argumentar, de inmediato, que conviene reducir aún más las cotizaciones con tal de impulsar la competitividad.

Pero el problema de la robustez y sostenibilidad del modelo, radica, parece evidente, en la pérdida de recaudación del sistema productivo y del sistema fiscal. La mejora de los ingresos por cotización es posible si se revierte el efecto destructivo de las dos últimas reformas laborales, se recupera la calidad del empleo y con ella se reactiva la demanda como motor de la economía. Es necesario para ello más progresividad, aumentar las bases máximas y equiparar la base media entre el régimen de autónomos y el general. Cuando las cotizaciones son las más bajas desde el año 1982, es prioritario recuperar por ley el principio de separación, garantizando que el sistema atienda no más que las prestaciones contributivas, excluyendo las sociales y de supervivencia, los gastos de gestión administrativa, y las ayudas a la contratación, al emprendimiento o al sistema agrario, que deben ser satisfechos en el marco fiscal.

El tránsito demográfico es una evidencia, pero no se soluciona con la liberalización del sistema, sino mediante un plan de choque para crear empleo de calidad, aumentar el salario mínimo interprofesional y aflorar el empleo sumergido con tal de recuperar capacidad contributiva. El derecho al empleo, es la mejor garantía para la sostenibilidad del sistema de previsión social, y ha de quedar preservado en el marco de otro tránsito, cuya sombra se cierne sobre nuestro futuro inmediato, el tecnológico. Es más que improbable que el gobierno Rajoy esté a la altura de la situación, que precisa de un consenso amplio. Por eso la mayor incertidumbre hoy es si la ciudadanía transigirá con un proyecto legislativo que devalúe aún más el modelo de seguridad social, y fíe su suerte, no al sistema público y al sentido común, sino a Fátima y a Mariano.

lunes, 27 de febrero de 2017

Vista cansada

La caja mágica, así el complejo en las estribaciones del Manzanares en la que se organizó, hace tres semanas, el congreso del PP, fue sin duda una interpretación exquisita de los problemas contables que ha atravesado el partido en el gobierno, y fue también toda una declaración de intenciones, fiel al ilusionismo político que caracteriza a la derecha en nuestro país. A unos pocos kilómetros, en el Palacio de Vistalegre, escenario del congreso de Podemos, la ilusión también jugó un papel central, más por la voluntad de reeditar el entusiasmo de los días de juventud frente a la presión oceánica de algunos medios de comunicación, que por el ánimo presente. Sin embargo, frente al monolitismo deslustrado de la derecha, la democracia desbordada y desbordante con la que se puso en escena la lucha programática en el seno del partido que aspira a aglutinar la nueva izquierda, supuso un aliciente necesario, más si cabe ante la interminable crisis de identidad que experimenta la socialdemocracia europea.

La presbicia política es un problema que, en el 90% de los casos, va asociado a la madurez. La vista cansada comporta, por regla general, una disminución en la agudeza visual que tiene que ver con la pérdida de elasticidad del cristalino que, como es sabido, se sitúa entre la cortinilla del iris y el humor vítreo. Este fenómeno es también endémico de la vida y del desarrollo fisiológico de las organizaciones políticas, y especialmente de la izquierda. Si en el caso de la derecha el problema recurrente es el de la miopía crónica, y por tanto el de la distorsión de la realidad, en la izquierda es la rigidez interna la que acaba por estropear la lectura que se hace de las prioridades de la acción sociopolítica. Que en el caso de Podemos, el Palacio de Vistalegre nos haya ahorrado un nuevo caso de presbicia prematura, es por eso de saludar. Ni la pureza de los argumentos ni la cultura del liderazgo, ni tampoco su educación sentimental, son excusa suficiente para demorarse en construir una alternativa de progreso.

Es por eso de esperar que la nueva dirección liderada por Pablo Iglesias tenga la capacidad de aglutinar las diferentes sensibilidades, considerando no tan sólo la decisión de la militancia, sino también la sensibilidad de quienes votan a Podemos. En este sentido, la reciente encuesta de GESOP es una referencia interesante, no por ceder a la influencia de la demoscopia, que ha demostrado demasiadas veces su parcialidad, sino para estar a la altura de las expectativas depositadas desde la nueva izquierda en un proyecto de gobernabilidad. Para ello, por la muy dilatada agenda de la gestora del PSOE, habrá que atender qué rumbo se decide en su congreso de junio. La opción de la ‘nueva socialdemocracia’ de Sánchez parece la opción más atractiva, frente a la de Susana Díaz que, tal y como se apreció en el foro del pasado sábado, en el que se presentó el programa económico ‘El futuro comienza con una economía sostenible y social’, se reafirma en su vocación por un bipartidismo ya superado.

La renuncia a denunciar explícitamente la reforma laboral del PP, y la desafortunada propuesta de dar el “gran salto” en el modelo económico, pasando del “yo lo hago más barato” de la reforma de PP a “yo lo hago mejor y a buen precio” hacen temer lo peor. Si del 39 congreso sale un proyecto que recupere la vocación clásica de la socialdemocracia, no de adaptarse al mercado, sino de regularlo desde la coherencia política, se podría abrir la posibilidad a una confluencia real que permita una alternativa a la portuguesa. Si el resultado es la reedición del social liberalismo por parte del PSOE, cuyo espacio ya ocupa Ciudadanos, Podemos deberá ampliar su espectro político para representar a la mayoría social que está por la reforma y la transformación social. Si parece evidente que no es posible estar a merced de las encuestas, ni tampoco de los congresos ajenos, el potencial hoy está en dejar de lado rigidez y humor vítreo para poner más atención en la solidez del proyecto. La confluencia social, con los sindicatos, con los movimientos sociales, es la mejor manera de mantener clara y nítida la visión, entiendo la izquierda como un proyecto que está más allá de las siglas y de las personas, porque apela y precisa de una amplia mayoría social.

domingo, 5 de febrero de 2017

A dos velas

El significado de quedarse a ‘dos velas’ es el de quedar expuesto a la pobreza o al desamparo. Hay 3 explicaciones que sitúan visualmente el origen de esta expresión. En primer lugar está la referencia al juego y a la costumbre de que en las timbas de naipes, antiguamente, la banca disponía de dos velas, una a cada lado, para alumbrarse en sus operaciones. Si se quedaba a dos velas, es que se había quedado en la ruina, sin nada más que esa escasa luz. En segundo lugar la expresión podría hacer referencia a las velas con las que quedaba iluminado el sagrario cuando se cerraba la iglesia por la noche, y el templo quedaba suspendido en la penumbra. Pero hay una tercera imagen, tal vez más gráfica o elocuente, que utiliza ‘vela’ como metáfora de los mocos que les pendían a los niños de los orificios nasales cuando nadie se los quitaba. A dos velas sería por tanto también expresión de falta de atención y de dependencia extrema.

Si uno repasa la hemeroteca de los últimos veinte años, no tarda mucho en apercibirse que el desajuste en la tarifa eléctrica, ya sea en términos de injusticia o de despropósito, es un mal crónico de este país. Hoy cuando competimos con Chipre y Malta (dos islas con una evidente limitación en la producción energética) por tener la electricidad más cara de Europa, tenemos un oligopolio eléctrico controlado por cinco grandes compañías que compiten en poco más que en la capacidad de generar pingües beneficios (5.000 millones en 2015) gracias a un sector condenado políticamente a una regulación extremadamente compleja y que se distingue por la concomitancia permanente con el poder político. España está a dos velas ya no tan sólo por el gran número de hogares condenados a la pobreza energética, sino porque junto a la fuerza de trabajo, la energía es el segundo factor macroeconómico en términos de competitividad.

Los hitos de esta tenebrosa historia tienen que ver, como la propia expresión, con la ruina de la energía como bien público, con la penumbra y falta de transparencia del sistema, y con la desatención y la omisión permanente de la electricidad como bien de primera necesidad. La liberalización del mercado, en 1997, puso los cimientos del proceso, al externalizar la capacidad de fijar el precio de la producción energética y consolidar el derecho al beneficio por parte de las eléctricas mediante los Costes de Transición a la Competencia, con ayudas por valor de 7.327 millones de euros. Se trataba de blindar a las compañías en su proceso de adaptación al mercado, cuando en términos de ‘liberalización’ tenía que ser precisamente el mercado el que hubiese introducido la presión para mejorar eficacia y eficiencia energéticas. El siguiente paso sería, como el primero, obra del encausado Rodrigo Rato.

El concepto ‘déficit de tarifa’ trata de desligar la fijación del precio de la energía del calendario electoral y de otras cuestiones de primer orden político, y permite que, tras fijar las propias eléctricas el coste de producción, se pase a aplazar el pago mediante la acumulación de una deuda que puede además ser externalizada. Es el caso de la deuda energética que hoy se ha titulizado y colocado a la banca y a la inversión privada, de tal manera que el marco jurídico para auditar y desarticular el fraude del déficit de tarifa, sea mucho más complejo. La deuda acumulada desde el año 2.000 comporta ya la cantidad de 24.000 millones, y se complementa con una lógica en la fijación del precio de venta (no del coste) que debemos directamente a la FAES y a la filosofía introducida por la ‘Propuesta para una estrategia energética nacional’ en el sector, en 2013, y que inspiró los ajustes introducidos por el inefable José Manuel Soria López.

El informe, que vio la luz dos meses después de que Aznar, ya Presidente de la FAES, fuera nombrado asesor para ‘asuntos internacionales’ de Endesa, fue presentado en su momento por el hoy ministro Alberto Nadal y por el ex presidente de REE, Pedro Mielgo, y fue fruto del asesoramiento de las grandes compañías. Aquí se establecía como principal culpable del desajuste eléctrico el desarrollo descentralizador de la producción de energía renovable, al que se condenaba a una moratoria indefinida. Esta posición que es comprensible en quien distinguió en el ‘ecologismo’ un ‘nuevo comunismo’ (así Aznar), no deja de sorprender porque limitaba el número de actores operativos, introducía la inseguridad jurídica en las inversiones y condenaba además el potencial de innovación tecnológica desarrollado con éxito en el sector.

Al margen de la concupiscencia entre estado y eléctricas, cuyo último y lamentable hito es el de la elección del ex director general de la Guardia Civil como consejero, lo que choca de esta historia, es la posición de la patronal. Si José Folgado, el presidente de REE, dirigió el departamento de economía de la CEOE y cuenta en su consejo con la atención y pericia de Ana Cuevas (hija del ex presidente de la CEOE), librándose por muy poco de Alberto Nadal (CEOE y hermano del ministro), habrá que asumir que la política energética es la que conviene e inspira a la patronal. Que la merma en la competitividad que comportan los actuales precios de la energía para las empresas sea asumido como un factor ideológico resulta sorprendente. A no ser, claro, que el acuerdo tácito sea el de condenar a la población no tan sólo a la precariedad y la dependencia a través de la devaluación del trabajo, sino en dejarnos literalmente ‘a dos velas’.

martes, 17 de enero de 2017

Gabinete de millonarios

Este viernes, 20 de enero, Donald Trump será investido como el presidente número 45 de los EEUU. Para el país en cuyo patrimonio cultural hay que incluir los impresionantes decorados de Hollywood o la belleza desconchada de falsos paraísos como Las Vegas, no resulta tal vez tan disparatado ceder el mando a un personaje estrambótico, excéntrico y pueril como este magnate inmobiliario. El resto del mundo mantiene sin embargo la respiración, a la espera de que sus bravuconadas y tropelías den paso a un mandato pragmático que demuestre que tanto ruido y desfachatez no fueron sino extravagancias reservadas a la campaña electoral.

En cualquier caso lo que sabemos con certeza es que la carrera presidencial del candidato republicano ha roto moldes. En primer lugar hay que hablar de una nueva cota en la ‘profesionalización’ de la política, por otro lado ya habitual en EEUU. Desde las 315 oficinas de campaña de Trump, cubiertas no con voluntarios, sino con profesionales, se visitaron 24 millones de hogares y se llamaron a 26 millones de norteamericanos, en el marco de una gigantesca campaña de marketing. Al mismo tiempo se forzó el desprestigio de la candidata demócrata mediante una intrincada trama de espionaje con tintes geopolíticos.

Que Trump asegurara su victoria gracias al apoyo táctico del espionaje ruso, y al precio de entregar a Rusia la anexionada Crimea, está por demostrar, aunque las sanciones del gobierno Obama parecen dar credibilidad a un escenario de evidentes interferencias. El informe filtrado recientemente por un espía británico, y que tiene por ingredientes una explosiva mezcla de negocios, políticas y chantaje sexual, podría introducir en este sentido una vertiente dramática inesperada y de aires notoriamente chabacanos, en la que Trump se habría expuesto hasta el límite y podría estar cogido, cual cazador en la red, por sus muy presidenciales gónadas.

En cualquier caso el mandato que inicia este empresario de 70 años, que llega al cargo sin ninguna experiencia política previa, comienza, según Gallup, con el nivel de popularidad más bajo de los últimos 25 años. Si en algo sí ha destacado Donald Trump, ha sido en dos ámbitos en los que no tiene al parecer parangón. El primero es el de su manejo de la provocación como técnica integral, no tan sólo para captar la atención del distinguido público, sino para distraer esta de cuestiones que sí son relevantes. Pero ha demostrado poseer además una inveterada capacidad para decir, no lo que va a hacer, sino lo que la audiencia quiere escuchar.

Que esta habilidad comporte necesariamente el incurrir una y otra vez en estrepitosas contradicciones parece no molestarle en absoluto. Si su discurso contra el establishment se ha ido derrumbando a medida que integraba en su gabinete, en las comisiones y departamentos, a personajes muy bien situados, hasta configurar el equipo más adinerado de la historia política de los EEUU, sumando este una fortuna de 14.000 millones de dólares, tampoco sus promesas sobre la reducción de la presión fiscal, o su tan cacareado proteccionismo, que tanta admiración ha causado en la extrema derecha europea, tiene visos de correr mejor suerte.

La torre Trump ha sido comparada por algunos medios internacionales con una feria de empleo para multimillonarios, a la que han ido a rendir pleitesía desde el Presidente de Exxon Mobil, que ocupará la cartera de secretario de estado, hasta su secretario de tesoro, Steven Mnuchin, su asesor principal Stephen Bannon, o Willbur Ross, futuro secretario de comercio, que hicieron todos ellos fortuna en el banco de inversión Goldman Sachs. En el caso de este último la contradicción es doble, puesto que como ex banquero e inversor es establishment puro, pero ha demostrado además una clara vocación por deslocalizar capital y empresas.

Sin duda la mayor falacia del discurso de Trump es la del proteccionismo, y la de su supuesta sintonía con el trabajador medio. La elección de Andrew F. Puzder, dueño de una cadena de hamburgueserías y firme defensor de la desregulación, como ministro de trabajo, no puede ser entendida sino como una declaración de guerra a los sindicatos norteamericanos. Tras la fachada no quedan pues más que los titulares, las mentiras y toda una constelación de oscuros personajes dispuestos a hacer de cortesanos a cambio de aumentar su cuota de riqueza y de poder. Esta es, nos tememos, la seña de identidad de la era Trump, que arranca este 20 de enero.

lunes, 9 de enero de 2017

Deuda galáctica

El mundo está en deuda. Nos lo dice el Instituto Internacional de Finanzas. No se sabe con quién, pero al parecer la urgencia es notoria porque la deuda global hoy ya equivale a algo más de 200 billones de euros, más de tres veces la riqueza mundial. Lo que sorprende de la noticia es que la deuda sea presentada como ‘global’. Por el carácter finito del mundo y lo improbable de que la deuda sea de carácter galáctico o universal, hemos de suponer que al otro lado de la ventanilla, frente al nutrido corro de deudores, existirá también la figura del acreedor global. En su balance, la deuda del mundo figurará como un activo, pero que nadie se llame a engaño: el titular “El superávit mundial supera ya los 200 billones de euros” vulneraría el principio inamovible de la física financiera universal, que nos dice que es posible mundializar la deuda, pero no así los activos. Estos, al parecer, se concentran cual agujeros negros, entre los ácaros que anidan en las moquetas de algunos consejos de administración.

También resulta sorprendente que la deuda afecte al parecer a todos. La deuda de los así llamados países desarrollados aumentó de enero a septiembre en un 6%, pero también la de los emergentes. Incluso el sector financiero estadounidense llegó a su máximo histórico, hasta deber el 85% del PIB, lo que hace suponer que algunos agujeros negros andan algo embozados y corren el peligro de ser absorbidos ellos mismos por otros más ávidos, a pesar de las cortesías que con toda seguridad distinguen al consejo rector del Instituto Internacional. También crece la deuda de los gobiernos, que en Europa ya supone el 110% del PIB, o lo que es lo mismo, la nada despreciable cantidad de 14 billones de Euros. Esta parte resulta especialmente emotiva para un lego en economía financiera, porque a pesar del detalle no poco relevante de que son los gobiernos los que, a través de sus bancos centrales, producen el dinero, al parecer han decidido sumarse generosamente al trend global de la morosidad.

Se nos dice que esta lacra mundial que transmuta en un rojo chillón los balances contables de todos y cada uno de los actores conocidos, ya sean hogares, gobiernos, bancos o empresas, se ha ensañado especialmente con Europa. Aquí debemos ya 4 veces más que la riqueza que producimos, lo cual, teniendo en cuenta que somos el centro neurálgico de la fe ciega en la austeridad, no deja de ser paradójico. Pero no nos habría de preocupar. Si en el resto del orbe la localización de la deuda no siempre coincide con la disposición geopolítica de los agujeros negros, habiendo sitios que tienen más pobreza que moquetas, Europa es sin duda una excepción. Junto a las orillas del Támesis, del Sena y del Meno, donde baña sus pies el BCE, en algunos de esos gélidos edificios de cristal que llegan a vampirizar hasta el aire que los envuelve, se concentra la masa monetaria; dorada, refulgente y verde, hasta alcanzar proporciones infinitas, y eso, concentrado en un espacio pequeño, no puede ser sino el indicio de la existencia de un agujero negro.

Es realmente una lástima que nada podamos saber de quién se oculta detrás de este fenómeno astrofísico y financiero. Ya se sabe que los agujeros negros absorben toda la materia que se les acerca, ya sea la de un ojo curioso, de un periodista o de algún incómodo auditor internacional. Hay quien dice que no son agujeros negros, sino lo que se conoce como agujeros de gusano, y estos conectarían, en otro extremo de la galaxia, con un planeta inverso a la tierra en el que se acumularía toda la riqueza. Este Jauja interestelar vendría a ser entonces nuestro acreedor galáctico, la razón de ser de nuestra deuda global. Pero todo esto no pueden ser más que especulaciones propias de la teoría de la relatividad. Lo que parece evidente es que si no ponemos remedio pronto seguiremos habitando un mundo deficitario, un mundo condenado a la ruina. Aunque bien pensado, nos debería preocupar menos el balance contable y mucho más el balance ecológico, el de las migraciones, o el de la violencia y de la explotación. Tal vez estos no tengan el atractivo sideral de la física cuántica, tal vez sean para algunos demasiado mecánicos y primitivos, pero expresan de manera mucha más cruda la pobreza real.

martes, 3 de enero de 2017

El futuro de Europa

En estos días fértiles, llenos de buenos augurios y de pronósticos menos halagüeños que intentan equilibrar la balanza, no faltan aquellos que tienen por objeto a la Unión Europea. Desde 1973, uno de los principales instrumentos para medir las condiciones atmosféricas del proyecto común, es el Eurobarómetro. Publicado dos veces al año, eso es, en primavera y en otoño, se acompaña con cierta frecuencia de encuestas temáticas como la publicada este diciembre, bajo el título ‘El futuro de Europa’. Recoge el resultado de 27.768 entrevistas realizadas en la UE, entre el 24 de septiembre y el 3 de octubre, que permiten interpretar cuál es la percepción de la ciudadanía en relación al interés, identidad y viabilidad de la UE.

Si miramos los resultados y los consideramos en el marco de la diversidad que es característica de un proyecto en el que participan 28 estados, las conclusiones son meridianamente claras. La ciudadanía de esta amalgama social y política coincide, en un 45%, en que el primer desafío para Europa es hoy el desempleo, seguido de las desigualdades sociales y de las cuestiones relativas a la migración (ambos 36%). Aquí conviene considerar las diferencias que existen entre diferentes países europeos, priorizando los más ricos como Suecia, Alemania, Bélgica o Dinamarca las desigualdades sociales, los del Sur, como Portugal, España y Grecia el desempleo, y situando los países de las ampliaciones al Este, en primer lugar, la migración.

Los valores que mejor representa Europa según su ciudadanía son la paz y la libertad de opinión (57%) y la solidaridad y la igualdad (55%). Un 82% de los europeos piensa que las libertades de la economía deben ser compensadas con un alto nivel de protección social, y que lo que más ayudaría a Europa sería un nivel comparable de estándares de vida (53%), y de educación (35%). Son mayoría los que creen que en su propio país no tienen la posibilidad de tener éxito en la vida, y también hay una cierta coincidencia en la idea de que hijas e hijos lo tendrán más difícil en la vida que sus padres. En términos democráticos, un 54% no cree que sus interesas sean tenidos en cuenta, llegando esta cifra, en España, al 76%.

Para hacer frente a los retos globales, un 46% reclama más igualdad social y solidaridad, y un 31% más protección del medio ambiente. Las áreas en las que se piensa que debería haber más toma de decisión a nivel europeo son la lucha contra el terrorismo (80%), la promoción de la democracia y de la paz (80%), la protección medio ambiental (77%), la igualdad de género (73%), la migración (71%), el ámbito energético (69%) y el estímulo a la inversión y a la creación de empleo (68%). La percepción y la visión que los europeos tienen del proyecto común es por tanto claramente contraria a la visión neoliberal de Europa como mercado, y entra de lleno en el reclamo de la UE como un espacio de libertades, garantías y de derechos.

Haría bien la Comisión Europa en tomar buena nota de los resultados de este Eurobarómetro especial y estudiar con propósito de enmienda la plataforma presentada, hace ahora tres meses por la Confederación Europea de Sindicatos bajo el mismo título ‘El futuro de Europa’. En ella encontrará una propuesta de futuro que se corresponde de manera muy directa con el sentir de la ciudadanía tal y como se expresa en esta última encuesta. La CES reclama que se restablezca la función del mercado interno como fundamento para desarrollar cooperación, solidaridad y justicia social, y que la cohesión, mediante la integración justa y la convergencia al alza, vuelva a activarse como el mecanismo central en la construcción europea.

La crisis de confianza en el proyecto común que han introducido la gobernanza económica y las recetas de austeridad, no ha hecho sino alimentar mediante el miedo, la incertidumbre y la rabia, el auge de una extrema derecha presta a ocupar con su retórica el vacío que ha dejado tras de sí el abandono del modelo social europeo. En relación a la Europa real, y a pesar de la corrección política que inspira el barómetro europeo, no hay duda de que hoy las políticas de la Comisión y de los lobbies que tratan de influirla, dejan fría a la ciudadanía. El pronóstico para la Unión Europea es por tanto el de una prolongada glaciación si no vuelve a arraigar la voluntad de recuperar el pulso democrático y social que dio fuerza e interés al proyecto. Con el frío que invade las gélidas estepas centroeuropeas no se harán esperar la aparición feroz y hambrienta de las primeras manadas de lobos.