lunes, 16 de abril de 2018

Clase máster

Cifuentes sí sabía de universidades. Tal y como explicaba en una entrevista en el web de la Universidad Carlos III: “Mi vida profesional es la Universidad, no la política, aunque llevo muchísimos años en política. Pero siempre he creído que mi profesión es la Universidad y a ella espero volver…”. De hecho, una breve consulta, nos muestra cómo, desde su ingreso como funcionaria del grupo B en la escala de Gestión Universitaria de la UCM, ha cubierto un largo recorrido por comisiones, consejos y claustros académicos. Parece del todo improbable por tanto, que no tuviera conocimiento de las irregularidades que se sucedieron en el proceso de matrícula y certificación del famoso postgrado, ni del desprestigio que eso pudiera comportar.

La pérdida de reputación de la Universidad es evidente, y lanza además una sombra sobre todos aquellos/as que han puesto su dedicación, capacidad y empeño en obtener el título. Que alguien pretenda comprar méritos es miserable, porque nadie los exige. Que busque evitarse el esfuerzo mediante favores, o buscando la aquiescencia y complicidad de subalternos, denota una falta de pudor y de honestidad extremas. No sabemos qué tendrá Cifuentes, pero parece posible que, también ésta vez, se acabe imponiendo el rodillo del silencio. Y es que el presidente ha pedido ‘coherencia’ y ‘congruencia’, aunque eso suponga un evidente abuso, y las dos palabras rechinen, angustiadas, cuando se las esgrime y usa como coartada.

Una buena parte de la ciudadanía parece secuestrada hoy por la cultura del mal menor, esa asunción de toda una retahíla interminable de notorias mezquindades y corruptelas, que se barren debajo de la alfombra, con tal de evitarse el mal mayor. Parece como si hubiera un acuerdo tácito en ausentarse cada cierto tiempo y excusar la honradez y disciplina cívica que se les supone a los mandatarios públicos, con tal de no conjurar un cambio, en la línea del tan manido y resabido ‘más vale no meneallo’. A los cargos del gobierno se les perdona así todo, o casi todo, ya sean las cajas ‘B’, la injerencia, la prevaricación o el nepotismo, porque más vale malo conocido que bueno por conocer, y para malo, nada peor que lo que hay.

Que en este inagotable periplo, las complicidades se extiendan incluso hasta el partido que se pretende presentar desde el ángulo de la regeneración, no es tampoco tan sorprendente. La debilidad moral es una garantía preciosa para aquellos que viven de manipular a los demás. Los apetitos, el hacerse el listo, la vanidad, el orgullo o la codicia, tal vez sean, desde nuestro punto de vista, atributos execrables en el hombre o la mujer política, pero representan una garantía para todas y todos aquellos que ven en la democracia una amenaza a su posición y a su éxito social y económico. Y es que las personas sin clase ni virtud alguna, son exactamente la clase de personas que precisa este sistema para postergarse en el tiempo.

Por eso, quien manda a pesar nuestro, más allá de toda legitimidad y control democráticos, prefiere el mérito falso al verdadero, porque tiene en las intenciones turbias mucha mayor garantía que en la capacidad o la honestidad de un hombre o mujer de bien. El error no está así en las intenciones, sino en que estas se descubran. Lo sabe Cifuentes como lo sabía antes Esperanza Aguirre, que no se equivocó con Granados y González, sino que le salieron ranas las ranas. La clase máster que gobierna el país tal vez ponga poco empeño en cultivar su intelecto, pero se cuida mucho de no situar o colocar a nadie que no tenga un precio, sea lo suficientemente honrado para dimitir, o destaque por cualquier otra ‘coherencia’ o ‘mérito’ que ponga en solfa el despropósito general.

lunes, 9 de abril de 2018

El increíble estado menguante

“El objeto de todo gobierno es enriquecer a los pocos que mandan a expensas de los muchos que obedecen”. Así escribía el filósofo inglés Jeremy Bentham en sus Consejos a las Cortes y al Pueblo Español, hace ahora unos 200 años. Su visión se ha demostrado como cierta a lo largo de la historia de nuestro país, y muy especialmente desde el 20N de 2011, con un gobierno del PP que ha favorecido a los suyos, mientras arreciaban la injusticia y la desigualdad. Y si el padre del utilitarismo establecía como móvil de toda acción humana la evitación del dolor y la consecución del placer, para alcanzar tal fin, Rajoy ha preferido, siempre que ha podido, tirar del palo, antes que de la zanahoria.

Lo vimos con claridad meridiana en la décima legislatura (2011-2015) y en las reformas que se dictaron al amparo de las políticas de austeridad. Ahora, con la pérdida de la mayoría, y el imparable ascenso de C’s, el PP parece habérselo pensado mejor, y pretende avanzar en la línea de lo que ya anunciaba, el 20 de junio de 2017, el ministro Montoro: “Las bajadas de impuestos se hacen al final de la Legislatura porque hay que dejar zanahorias para el final”. No sorprende así que las zanahorias vengan en el paquete de los Presupuestos Generales 2018, aunque eso suponga, esperemos, que con ellas se inicie, de manera anticipada, el final de la legislatura.

Con la expectativa de voto más baja de su historia, el Partido Popular pretende servir ahora con especial afán los maltratados estómagos de funcionarios, jubilados y trabajadores/as precarios. También se envían globos sonda al PSOE con el anzuelo de la renegociación del importe y de las condiciones financieras de la deuda de las Comunidades Autónomas, al PNV, con los presupuestos de la alta velocidad, y a las grandes empresas, cuya lealtad e interés se pretende mantener vivos, al precio de mantener incólume la presión fiscal, una de las más bajas de Europa, al tiempo que se aumenta el siempre bienvenido gasto en infraestructuras en un 16,5%.

El estado del bienestar que propugna Montoro en su proyecto de PG 2018, es el de un bienestar menguante, ya que si bien aumentará nominalmente el gasto social, éste se reducirá en relación al crecimiento del PIB. La idea es que a medio plazo disminuya hasta el 38% del PIB (un 40,5% en 2018), porcentaje cercano a los parámetros de los EEUU, y muy lejos del umbral de gasto ‘europeo’ que estaría 8 puntos por encima, 9 si tomamos la media de la zona euro. Esta austeridad a ultranza, persigue mantener una de las presiones fiscales más bajas de Europa (para 2018 se establece en el 34,9%), lo que es, al parecer, una de las principales obsesiones que comparten C’s y PP.

El fenómeno del increíble estado menguante que caracteriza las cuentas de Montoro, se acompaña como siempre de una buena dosis de optimismo: Por un lado, se repite una vez más que estos son ‘los presupuestos más sociales de la historia’, y por el otro se fían los ingresos a unas previsiones que han sido rebatidas por la realidad a lo largo de cada uno de los últimos 7 años. El ministro de finanzas se continúa aplicando así en el arte de la cortina de humo contable y semántica (no se ‘reduce’ el gasto social, sino que se ‘modera’), mientras le echa el diente a ese estado cuyas virtudes tanto ensalzan los patriotas, al tiempo que lo desangran y condenan a la pálida existencia de una criatura cadavérica.

martes, 3 de abril de 2018

Resurrección

Revolviendo en los papeles de mis abuelos paternos, ambos maestros, me encuentro con los expedientes de depuración que se les abrieron, en 1939, tan sólo unas semanas después de que las tropas franquistas entraran en Barcelona y pusieran fin, definitivamente, al sueño de la república. En el expediente que se le abría a cualquier funcionario, con tal de acreditar su obediencia, se utilizaba frecuentemente la fórmula: “Excelente católico, de comunión diaria. Completamente apolítico. Al margen de toda lucha social”. Esta ejemplar aseveración que tenía que ser avalada por el testimonio de prohombres del régimen, ya fueran curas o alcaldes, define mejor que ninguna otra, el prototipo de siervo/sierva que promovía y promueve, aún hoy, el nacionalcatolicismo.

Podría pensarse que estos tiempos quedan ya lejos, más de 80 años, y que exotismos como el viva la Virgen por parte de nuestra ministra de empleo, Fátima Bañez, no son sino guiños de carácter folklórico. Pero la estampa que nos brinda la bandera (el símbolo que representa al conjunto de los ciudadanos, ya sean laicos, cristianos, budistas, judíos o musulmanes) puesta a media asta por la ‘muerte de Cristo’, o la que componen cuatro ministros, entre ellos la vicepresidenta del gobierno, cantando con visible emoción ‘Soy un novio de la muerte’ al paso del Cristo de Mena, que llevan a hombros los herederos de Millán Astray, supone tal vez una profesión de fe, pero pone en evidencia, al mismo tiempo, una notable falta de respeto a la Constitución.

En su artículo 16.3 el texto que debería sentar las bases de la convivencia en este país, dice que ‘Ninguna confesión tendrá carácter estatal’. El problema es que, al parecer, este carácter aconfesional entra en conflicto directamente con los mecanismos de reproducción del poder que, en el caso de los grandes apellidos patrios, siempre han ido ligados estrechamente a la iglesia católica. Por respeto al cristianismo de base y a su historia de compromisos y de lucha, hay que puntualizar que este ‘catolicismo’ ibérico, que promueve la falta de conciencia y el rechazo de toda lucha social, parece tan poco cristiano, como el culto a la muerte que, con tanto desparpajo, promueven nuestros ministros, y que tan profundamente atenta contra el sentido común.

Habrá que asumir que si la religión es el opio del pueblo, en el país del nacional catolicismo mandan los traficantes. Que la regresión ultraortodoxa puesta en escena con tanto ahínco por los ministros/as de Rajoy, no es sino un intento para asegurar la lealtad del electorado más rancio, parece evidente. El brillo tecnocrático y el PH teóricamente neutro de los jóvenes de C’s da mucho miedo, máxime cuando ya cuentan con el apoyo tácito de la élite económica, que, como en los años sesenta, les ha encomendado que pongan orden y aseguren el cauce, para que el crecimiento siga fluyendo hacia donde conviene. Frente a ello, como profilaxis apocalíptica, en la derecha se encienden las grandes pasiones: religiosas y nacionales, y más de un capataz acaba confundiendo el paso con el trono, el trono con el país entero, y acaba gritándole a los costaleros con tal de que alcen el paso, un enrabiado ‘Arriba España’, como si se le fuera en ello el alma, la resurrección y el régimen entero.

lunes, 26 de marzo de 2018

Paco Puerto

La lucha sindical es, al mismo tiempo, paciencia e intensidad. Es necesario saber aguantar y esperar, y esperar, y esperar… Pero es también imprescindible reconocer el momento en el que conviene actuar, porque se da la correlación de fuerzas que permite avanzar un paso más en la lucha por la justicia y la dignidad: en la sociedad y en el trabajo. Quien se acerca por primera vez al sindicato, a veces encuentra a faltar la épica, porque la lucha se construye desde un sinfín de actos y compromisos aparentemente insignificantes, cotidianos, próximos. Para decepción de los más aguerridos e intrépidos, no hay tomas de la bastilla ni asaltos al palacio de invierno. El sindicalismo es una lucha larga, y sus héroes son héroes pequeños.

Aún así, quien lleva un tiempo en el sindicato, quien se ha sabido supeditar a la lógica de una organización que tiene en la fraternidad y en la solidaridad sus premisas centrales, descubre que sí existe la épica, y que esta es grande, precisamente porque se escribe con letra pequeña. Un buen ejemplo lo encontramos en la trayectoria vital del compañero Paco Puerto, histórico militante de CCOO de Catalunya que da nombre a nuestra Fundación para la Formación y el Estudio. Nacido en Cabezas de San Juan, los tres ejes de quien empezó a trabajar con 7 años y murió demasiado temprano, fueron el trabajo, el sindicalismo y la lucha, y en los tres destacó por un excepcional compromiso, perseverancia e infatigable sentido de la justicia.

Una anécdota que nos da pistas de su fuerza interior, frente a la crueldad huera, gratuita, miserable del Tribunal del Orden Público, es la de lo que se decía al ser torturado, con tal de no delatar al compañero/a: ‘¿Haré sufrir a alguien lo que yo estoy sufriendo?’. No hay lógica más sencilla, ni más generosa que esta, que presupone además dos certezas tremendas: una, la de la sinrazón de la brutalidad extrema, la otra, la de que es en la responsabilidad de cada uno/a de nosotros/as, donde se resuelve la suerte de todos/as. A Paco Puerto quiso morderlo el régimen, como lo mordieron las ratas en las cárceles a las que le condenó el franquismo, y sin embargo su dignidad y su voluntad de lucha salieron indemnes, y esa es una lección de vida.

Recuerda su compañera, Esperanza, que a Francisco la madre de un amigo le pronosticó que su vida sería corta, y cuenta cómo, en un guiño del destino, tras dar varias vueltas de campana con su seiscientos, al salir aturdido del vehículo, la puerta a la que se dirigió para pedir ayuda, era la del cementerio. No era su hora. Vivió con una intensidad tremenda, organizándose desde que tomó conciencia de que “en solitario, aquella rebeldía que le inspiró la Pirenaica” no le llevaría lejos. Tuvo tiempo para levantar, con muchos otros compañeros/as, las Comisiones Obreras de Catalunya, y puso especial cuidado en defender y promover con todas sus fuerzas el trabajo y la formación como un derecho inalienable que ha de estar al alcance de todos/as.

Tal vez el momento más sugerente del pequeño acto de homenaje con el que el Ayuntamiento de Cabezas de San Juan inauguró el pasado lunes el ‘Centro de Formación Municipal Paco Puerto’, fue aquel, en el que la compañera de Francisco recordó que su compromiso era con las ‘personas’, desde la inmediatez y la acción directa. Cuando algunos aún procesábamos el debate entre Madina y Errejón en ‘Salvados’ sobre ¿Dónde está la izquierda?, digiriendo la impotencia que transmitía, esta sencilla reivindicación venía a sernos un bálsamo. La izquierda no tiene futuro como criatura cerebral, ni como elucubración filosófica, porque la teoría se acaba astillando en mil virutas. Es en la acción, en la solidaridad y fraternidad del día a día, donde se construye la lucha por superar la injusticia, y se hacen fuertes e irreductibles los valores de la izquierda. Eso es lo que nos traslada la vida y la lucha de compañeros como Paco Puerto.

domingo, 18 de marzo de 2018

Blasfemia

Que no lo dude nadie. Este es el país de la irreverencia. Que alguien con el horizonte intelectual de Salvador Sostres, se atreva a criticar a quien fuera titular de la Cátedra Lucasiana de Matemáticas de la Universidad de Cambridge durante 30 años, por defender ‘majaderías tan poco científicas como negar a Dios’, sugiere que la derecha es, en este país, una anomalía científica en sí misma, un agujero negro que engulle cualquier ápice de cordura o de sentido común. Que en el reino de la caspa, el calvo Sostres es el rey, a estas alturas ya no lo duda nadie, ni tampoco que la provocación sea, para muchos, la última reserva espiritual ante la notoria falta de argumentos que comparten los devotos de la inmaculada concepción.

Pero el problema no radica en la falta de coherencia, de luces y de criterio de la derecha emblemática, la de la virgen del Rocío y de la cabra de la Legión, sino el punto hasta el que se ha aupado y controla las instituciones.. Las diligencias abiertas recientemente contra Willy Toledo por declararse fervoroso del coño insumiso y por cagarse en Dios, atentando supuestamente contra los sentimientos religiosos, muestra hasta qué punto en este país vive horas de gloria el ultramontanismo. A falta de integridad en la esfera pública, lo que cunde es el integrismo, a falta de transparencia moral, lo que triunfa es el obscurantismo. Dice el actor madrileño que lo que sucede en este país es una vergüenza insoportable, y no le falta razón.

La ‘ley mordaza’ y la reforma del Código Penal han socavado derechos y libertades como la libertad artística o la libertad de expresión. Ya antes de aprobarse, en 2013, lo denunciaba el comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa, y un grupo de expertos de Naciones Unidas. Hace poco la Corte de Justicia Europea recordaba a la Audiencia Nacional que quemar una foto no es una incitación a la violencia sino un acto de crítica política. Es probable y deseable que suceda lo propio con Pablo Hasél, César Strawberry o el periodista Álex García y se ponga en evidencia que las operaciones ‘araña’ organizadas en el limbo del artículo 578 del código Penal, no persiguen sino paralizar a los que discrepan, mediante el miedo y el terror.

Lo explica Arkaitz Terron en el informe de Amnistía Internacional ‘Tuitea, si te atreves’, publicado hace unos pocos días: ‘el objetivo es crear un clima de autocensura’. Se quiere una sociedad pacata, genuflexa, temerosa y dispuesta a tragar: ya sea con las pensiones, las contrarreformas laborales, la corrupción o la desigualdad rampante. La estrategia no dista mucho de la inquisición, aunque echen menos humo las hogueras, y se escuchen menos los gritos de brujas y profetisas. El objetivo último no es otro que el que perseguía entonces el santo tribunal: la intimidación. Que se callen los científicos/as y poetas, que no pronuncien su indignación cantantes y artistas, luchadores, sindicalistas, idealistas, de todo pelaje y razón.

Dice Álex García en el informe de Amnistía que lo están haciendo “para intimidar a la gente en el contexto general de la crisis, para desviar la atención y asustar”. Algún día se entenderá qué es lo que ha demorado tanto el momento, en el que acabaremos arrancándonos la coraza del fatalismo y el nudo del pavor. No tiene más secreto que el del poder hegemónico, que se basa en el control de las instituciones y de los medios de comunicación. Frente a él hay que armarse de valor y bregar y bregar, porque no existe otro destino que el que nos construimos nosotros, e incluso aquellos que dicen que está todo predestinado, y que nada puede hacerse para cambiar nuestro destino, miran antes de cruzar la calle… Aunque claro, eso lo decía Stephen Hakwing, un ‘charlatán’, demagogo, blasfemo y populista.

domingo, 11 de marzo de 2018

Temporalidad: Abuso permanente

Para analizar el mercado de trabajo existen, en esencia, dos vías distintas. O bien nos fijamos mediante encuesta en la situación de las personas, si estas están ocupadas o no, si tienen un contrato temporal o indefinido, o bien contabilizamos el número de contratos registrados. Si nos concentráramos exclusivamente en este último baremo, diríamos que el empleo está en su mejor momento, con un número de contratos que supera los máximos conocidos. Pero al compararlo con el número de personas empleadas, que sigue siendo inferior al del inicio de la crisis, constatamos un claro desajuste. La explicación es rotunda y sencilla: Lo que ha llegado a máximos no es el empleo, sino el número de contratos por persona, eso es, la rotación laboral.

De los 3.187.150 contratos firmados en Catalunya el 2017, 2.775.620 fueron temporales, y de estos, 882.413 fueron de muy corta duración, eso es, de menos de una semana. Los datos del Observatori del Treball i del Model Productiu, le ponen cara a esta precariedad abusiva, al recordarnos que en el 86% de los casos, este tipo de contratos se aplicó a trabajadores/as del sector servicios. El análisis realizado por FEDEA en el estudio ‘Tendencias recientes en el uso de contratos temporales en España’, muestra cómo esta exagerada rotación es seña de identidad de una ‘recuperación’ del mercado de trabajo, en la que ni el crecimiento ni tampoco la riqueza que genera la economía, se trasladan a los salarios o a la calidad del empleo.

España ha sido campeona en temporalidad desde la reforma laboral de 1984, que introdujo el ‘Contrato temporal de fomento del empleo’. A partir de ese momento, y con el paréntesis de la crisis, en la que los primeros contratos en extinguirse fueron los temporales, no ha habido reforma que haya puesto coto a los abusos en la contratación temporal. Esta era, en 2016, involuntaria en el 91,4% de los casos, y comporta junto al trabajo autónomo, la principal causa del bajo porcentaje que disfrutamos en España de ‘empleo estándar’ (eso es indefinido a tiempo completo), que no supera el 54%. Ahora, dentro de la temporalidad, se dispara la rotación, con un incremento sin precedentes en los contratos de menos de una semana.

Para el empresario/a el contrato temporal supone una tentación evidente. Le permite adaptar la plantilla a los pedidos, y hacer lo propio con los salarios, ajustándolos gracias a la rotación de los trabajadores/as. Con el auge del contrato de muy corta duración, eso es, uno de cada cuatro contratos que se firman hoy, asistimos a una versión autóctona del ‘trabajo a demanda’, que está tan en boga en Europa. Este supone la asunción de la discrecionalidad plena por parte del empresario/a, y que el peso de la incertidumbre recaiga por completo, sobre los hombros de los trabajadores/as. Así, uno de cada tres trabajadores contratados en 2016, firmó tres o más contratos, y, en demasiados casos, lo hizo con una misma empresa.

Si antes de la crisis para alcanzar un empleo indefinido, el peaje era de 6,2 contratos temporales a lo largo de cinco años, ahora, con la ‘recuperación’, ya son 9 a lo largo de casi 8 años. El coste de la temporalidad no tan sólo es el de una mayor precariedad laboral y vital, sino el de un bajo crecimiento de la productividad, al obviarse la formación y con ella la mejora del tejido productivo y su adaptación al cambio tecnológico. Al mismo tiempo la rotación abusiva comporta insuficiencia de rentas, debilita la demanda agregada y hace más vulnerable el mercado de trabajo al impacto de los ciclos. Cuando la economía se deprime, el empleo se destruye rápido, cuando crece, el crecimiento no se traslada a las rentas del trabajo.

La elevada rotación laboral supone además un abuso de aquellos empresarios que utilizan el sistema de desempleo como un complemento de rentas sin el que no podrían mantenerse los trabajadores/as precarios, y que compite deslealmente con aquellos/as otros que dan solidez al sistema contratando y cotizando en condiciones. La temporalidad es, en definitiva, la seña de identidad del empresariado que representa la principal lacra de nuestro sistema productivo; la que esquilma las cuentas públicas, mina las capacidades de nuestro tejido productivo y envilece y distorsiona el mundo del trabajo.

domingo, 4 de marzo de 2018

Igualdad efectiva

El reciente informe ‘La calidad del sistema jurídico como clave del crecimiento económico y del progreso social” del Círculo de Empresarios pretende ser un aviso para navegantes, especialmente para aquellas y aquellos que surcan las procelosas aguas del derecho. Denuncia a aquellos/as jueces que no respetan el ‘espíritu y letra’ de las reformas, en clara referencia a las laborales, y estigmatiza así como ‘ideológico’ el celo a la hora de velar por la coherencia jurídica de la sentencia. El ‘activismo judicial’, manipulador y díscolo según los empresarios, enmendaría la plana al legislador, vulnerando así, de manera injustificable, la separación de poderes.

El mensaje resulta atrevido, sino provocador, cuando quien apela a la neutralidad, es quien se constituye en juez y parte, y, si lo miramos con rigor, precisamente en aquella que defiende y promulga que las leyes se han de adaptar a la economía, con la laxitud y flexibilidad que son tan consustanciales a la actual hegemonía del capital, pero no a los valores y derechos que son el fundamento del ‘sentido de la justicia’ que deviene esencial para la cohesión en una sociedad. Resulta desalentador e irresponsable que esta nueva ofensiva coincida con una fuerte crisis institucional, social y política, y no hace sino confirmar hasta qué punto, para algunos, es vital que cunda la resignación.

Porque eso es lo que queda cuando no hay tutela ni anclaje, cuando no existe garantía ni fundamento, cuando entramos en el reino de los relativismos jurídicos, que es el de los intereses creados, aquellos que se benefician de la indolencia, del ‘es lo que hay’, que se pronuncia poco antes de bajar la cabeza, y de ceder el paso a quién no detenta más poder que la fuerza mayor. Por eso resulta esclarecedor que el derecho que centre hoy la atención del capital, no sea otro que el derecho a la huelga. Por ser el que se pronuncia de manera más clara contra la fatalidad. Por ser el que convierte la conciencia crítica y el sentido de la justicia en principio y motor del progreso social.

El informe del Círculo de Empresarios resulta así enervante desde su mismo título, al hacer coincidir ‘justicia’, ‘crecimiento económico’ y ‘progreso social’. Precisamente cuando el crecimiento y la recuperación se consolidan en los balances de las empresas, pero no llegan ni se distribuyen en la sociedad, es cuando algo necesita la justicia, porque no es capaz de garantizar los derechos más básicos, como el de tener un trabajo, una pensión o una vivienda dignas, o el más fundamental de todos, el derecho a la igualdad. Consagrado en el Artículo 14 de la constitución, es tal vez el derecho más obvio, pero sin duda el más obviado por el relato que hace el capital.

Los y las españolas no tan sólo son iguales ante la ley, sino que los poderes públicos han de promover las condiciones para que lo sean (Art. 9.2), pero, nada más lejos de la realidad, lo que realmente crece a nivel económico son las desigualdades y, con ellas, las discriminaciones; entre ricos y pobres, entre grandes y chicos, entre mujeres y hombres. Algo le falta a la justicia, cuando la brecha salarial llega al 24%, y aumenta, mes a mes, la que separa el trabajo del capital. La igualdad, de condiciones y oportunidades, en nuestra vida personal, en nuestro trabajo, es la pared maestra en la que se sostiene la arquitectura de cualquier proyecto social. Por ella conviene militar y movilizarse.

Hace algo más de cien años Rosa Luxemburgo abogaba por un mundo “donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”. Por la igualdad, como fundamento de la diversidad, y de la libertad, como fundamento de toda emancipación, nos plantamos este 8 de marzo. Porque la igualdad es eficiente, siempre y cuando la hagamos efectiva.