martes, 7 de noviembre de 2017

¡No mola mazo!

La actualidad ha entrado en ebullición. Cuanto más indispensable parece recuperar la mesura, construir el consenso e integrar la pluralidad, más evidente se hace que los tiempos los marcan quienes han optado por una permanente huida hacia adelante, eso es, la polarización, la provocación y la irresponsabilidad, abocándonos a un incipiente colapso institucional. El reciente encarcelamiento del gobierno catalán es una decisión que, hace bien poco, nos habría parecido del todo inconcebible. Hoy es una página más que parece haberse pasado, sin topar con grandes resistencias ni en el ámbito estatal ni internacional, en un relato que amenaza con superar nuevos hitos y producir nuevas heridas que serán aún más difíciles de restañar.

La sabiduría popular nos sugiere que en estas circunstancias, triunfa quien va ‘a dios rogando, y con el mazo dando’, eso es, presentándose como hombre de bien, pero sin dejar de hacer todo lo que considera necesario para lograr lo que pretende. Ante la analogía interesada, y con tal de evitar el contexto, en el que se ha hecho punible hasta el humor, preferimos recurrir sin embargo a otra versión del dicho que dice: ‘A dios rogando y al macho dando’. El sentido de este refrán es que conviene confiar, pero al mismo tiempo se ha de hacer todo lo posible para ‘salir presto del camino peligroso’, sabiduría que parece más ecuánime y ajustada a nuestra realidad, más aún si cabe, cuando ésta ha demostrado ser más terca que una mula.

Para salir del camino, junto al que serpentea la amenazante sombra del precipicio, conviene por tanto azuzar la montura, y buscar con la mirada un horizonte que nos devuelva algo de certidumbre y de seguridad. Para ello, en la situación actual, es preciso entender cómo hemos llegado hasta aquí, eso es, situar la senda que nos ha abocado al dislate actual. En esta tarea nos puede resultar de gran utilidad la reciente publicación de Antón Costas ‘El final del desconcierto’, un libro rotundo, muy bien estructurado, y que ofrece un análisis sugerente y ponderado de los orígenes, de la circunstancia, pero también de la salida a este momento crucial, en el que parecen conjurarse a la vez crisis social, política e institucional.

Para el catedrático de economía, el agreste paisaje que dibuja el desconcierto actual, tiene su origen en la disolución del contrato social que se construyó en la transición. Este habría sido socavado por el crecimiento de la desigualdad, habría sufrido su golpe de gracia con las políticas de austeridad, y habría entrado en quiebra moral con el rescate bancario, la amnistía fiscal y la extensión endémica de la corrupción. La indignación sería la consecuencia inevitable a esta degradación y tendría su expresión en la superación del bipartidismo político y también en la emergencia de la tensión territorial. A este respecto, Costas recuerda que la ANC fue creada tan sólo quince días antes de las protestas multitudinarias del 15M.

Ante la deslegitimación del marco democrático por la asunción de la ‘disciplina’ externa de los mercados financieros y de la gobernanza europea, en un entorno de brutal crisis social, habría surgido un profundo desconcierto, que clama ahora por soluciones políticas que se ajusten a la voluntad y a la soberanía popular. La solución para Costas es ‘democratizar la empresa, democratizar la economía y democratizar la democracia’, y construir un consenso que permita articular un nuevo contrato social. Ese es el horizonte deseable, y para ello, no queda otra, hay que dejar de lado la maza y sujetar las riendas. Que los responsables no estén a la altura, es más que probable. La siguiente estación de esta involución democrática, de este viaje al pasado que hoy nos devuelve al ‘Llibertat, Amnistia i Estatut d’Autonomia’, la conocemos todos, y al parecer, la añoran intensamente algunos.

martes, 31 de octubre de 2017

País de extraños

En un texto de hace ahora veinte años (Europa de extranjeros), Zygmunt Bauman situaba el origen del creciente recurso político a la identidad colectiva, en el fracaso a la hora de hacer frente a la crisis de la identidad individual, tan característico de la postmodernidad. Frente al pluralismo cultural y la coexistencia singular de una miríada de tradiciones, realidades y estilos de vida, ante la incertidumbre ingobernable de una precariedad y una desregulación que son seña de identidad de un poder extraterritorial que emana de multinacionales y mercados, los actores políticos se habrían visto tentados a recurrir, de manera cada vez más asidua, al espejismo y a las falsas promesas en el ámbito de la identidad colectiva.

La impotencia de los gobiernos para hacer frente a las causas reales de la incertidumbre individual, que surge de la emancipación del poder (global) respecto a la política (estatal o nacional), comportaría la opción por parte de algunos aprendices de brujo, de canalizar esta ansiedad e identificar la amenaza sobre la certidumbre ‘individual’, en un ejército de ‘extraños’. Se alimentaría así la ‘xenofobia’ con tal de que proporcionara sustanciosos réditos ya en el corto plazo. El funcionamiento de esta lógica discriminatoria se ha hecho visible en las últimas décadas en Europa, y ha vuelto a centrar la actualidad tras los recientes resultados electorales en Austria y Alemania, y los no tan recientes en Francia y los EEUU.

Las elecciones al Bundestag, en el que el partido gubernamental, la CDU, perdió un 8,6% de votos, y el SPD, un 5,2%, firmando sus peores resultados desde la postguerra, ha aupado al parlamento berlinés a ‘Alternativa para Alemania’ que se ha constituido como tercer partido por delante de los liberales, de la izquierda y de los verdes. Este sorpasso de la extrema derecha en Alemania, reproduce el realizado por el FPÖ austriaco hace ahora casi treinta años, que desbancó el bipartidismo y le abrió la puerta a una alianza entre el conservador ÖPV y los aprendices de brujo del FPÖ, que tuvo su primer episodio de 2000 a 2005, y que vuelve a situarse como el escenario más probable en el marco de las actuales negociaciones.

La diferencia entre la socialdemocracia y la extrema derecha austriaca no ha superado esta vez el 1 por ciento de los votos, y esto se debe en buena medida a dos factores. Por un lado está la estrategia de recuperar votos de la extrema derecha, adaptando el discurso a las supuestas demandas de su electorado, lo que no comporta sino un desplazamiento del conjunto de la agenda política hacia las posiciones más reaccionarias. Por el otro está el abandono progresivo de la agenda social por parte de la socialdemocracia, y su consiguiente instrumentalización por parte de la extrema derecha para beneficiarse del voto de trabajadores/as dispuestos a identificar la amenaza de la precariedad en cuestiones espurias como la inmigración.

Que eso sucede mediante un constructo de mentiras se hace evidente si se leen los programas del Frente Nacional, de FPÖ o de Alternativa para Alemania. Más allá de la denuncia de la injusticia para con los trabajadores, hay bien poco. Tras la fachada se esconde el clásico ideario de corte neoliberal: La denuncia visceral de la regulación excesiva y la burocracia que ahogan la economía, la idealización de un espíritu emprendedor que ha de liberarse del corsé fiscal, la presentación socialdarwinista de la competitividad en el entorno global como una lucha por la supervivencia. No cuesta encontrar paralelismos entre este extremismo y los que sufrimos en nuestra propia realidad. La diferencia radica en que aquí el ‘extraño’ es el/la que no comparte el mismo nacionalismo, o aquel que, de tan ‘extraño’, se acaba denunciando como ‘venezolano’.

domingo, 22 de octubre de 2017

16,3 metros cuadrados

En el año 2007, el Idescat hacía una proyección demográfica para el periodo 2015-2030 con cuatro escenarios, en el que el más bajo, con una previsión de baja natalidad y alta esperanza de vida, situaba, para 2015, una tasa de fecundidad de 1,45 y una edad media de maternidad de 31,2 años. Pero el escenario se quedó corto, superándolo la realidad con una tasa de 1,39 y una edad media de 31,9 años. La última proyección del Idescat, realizada en 2013, pronostica que, para 2050, cuando se jubilen (o no) los que ahora tienen 30 años, la población de más de 65 años supondrá el 62,1% del total. Un escenario lúgubre que hace patente cómo la demografía es, junto a la tecnología, el cambio climático y la globalización, el factor que más incertidumbre introduce sobre la sostenibilidad de nuestro modelo social.

La demografía crece a la sombra de la economía, y el desajuste en la proyección realizada en 2007 no es sino el reflejo del inusitado impacto social que tuvo la Gran Recesión y, con especial crudeza, en el ámbito familiar. En un estudio reciente, Sara Ayllón muestra cómo la peor parte de la crisis se la llevaron niños/as y jóvenes. En 2014, un 38% de las personas que tenían entre 0 a 17 años eran pobres, en relación al umbral de 2008, por un 36% de los que tenían entre 18 y 29 años. El porcentaje de niños en hogares con baja intensidad de trabajo (menos del 20% del potencial), aumentó, de 2009 a 2014, del 4 al 14%, y, por poner un ejemplo, en ese mismo periodo se dobló el número de hogares que no pudieron sufragar actividades extraescolares.

Si la pobreza es la maleta con la que han abordado su trayectoria laboral una buena parte de la juventud, no es muy diferente el destino al que se enfrenta hoy, en cantidad y en calidad. La tasa de paro de las y los jóvenes dobla las registradas al inicio de la crisis. En una publicación de FUNCAS y que toma datos de la Muestra Continua de Vidas Laborales, 2015, se muestra cómo los contratos de entrada de los menores de 26 años ofrecen, frente a 2008, una reducción salarial del 14,4%, pero que si se mide la reducción del ‘ingreso anual’ llega, al 33%, lo que se debe tanto al aumento de la parcialidad como al componente precio. Vemos así que la transición de la escuela al mercado de trabajo, no hace sino afianzar la precariedad.

Algo tiene que ver el laberinto de las prácticas, como lo definía una guía de CCOO, el recurso irresponsable de la figura del becario, y la progresiva implantación de un modelo de formación dual que responde a muchas necesidades menos a la de una inserción laboral de calidad. Hay que recordar que la reforma laboral aumentó hasta los 30 años el acceso a los contratos de formación, facilitando el encadenamiento de contratos en una misma empresa. Pero a la luz del reciente informe del CTESC sobre formación dual en el sistema educativo, el contrato de formación es toda una panacea, al menos para el 81% de los que optan por la formación dual, y se ven condenados a una relación de becario, con una gratificación media de 326,4 euros.

Que con este panorama la emancipación sea una entelequia no sorprenderá a nadie. El Observatorio del Consejo de la Juventud lo confirma con datos desagregados para Catalunya. La tasa de emancipación de 16 a 29 años es del 23,6% y con fuertes incrementos en el precio del alquiler en las grandes ciudades, donde se concentra el grueso de la juventud, la situación no tiene visos de mejorar. En 2016 un hogar joven debía destinar el 49,4% de sus ingresos al alquiler, y el límite de tolerancia de superficie alquilada para un asalariado/a de entre 16 y 24 años era de 16,3 metros, por 23,2 para uno/a de entre 25 y 29 años.

No es pues de extrañar, que España sea el cuarto país de la eurozona, tras Malta, Italia y Eslovaquia en el que los jóvenes se independicen más tarde, ni tampoco que la fecundidad sea un derecho tan inalcanzable para muchos/as, como aquel que tenemos a un trabajo digno, a una vivienda o a la protección social. A más de uno/a le parecerá que 16,3 metros cuadrados se corresponde con el tamaño de una celda, pero en esa celda no hemos hacinado a los más jóvenes, sino que nos hemos encerrado como sociedad. Porque el futuro al que nos condena la actual desidia en las políticas sociales y laborales, es un futuro tan viejo como la codicia, e igual de falto de criterio y de responsabilidad.

domingo, 15 de octubre de 2017

FMI reloaded

Dice el dicho que ‘nunca es tarde si la dicha es buena’, y eso es lo que sugiere el discurso que leyó en Harvard, el pasado 5 de octubre, la Directora General del FMI, Christine Lagarde. Su análisis, presentado bajo el título ‘Tiempo de reparar el tejado’, recoge los elementos centrales del reciente monitor fiscal del FMI (Abordar la desigualdad), e insinua un interesante ajuste en la orientación. La centralidad del relato lo ocupa ahora el crecimiento inclusivo y la necesidad de aprovechar la frágil bonanza económica con tal de superar la brecha social, y prevenir así las tempestades con las que se anuncia en el horizonte el aislacionismo económico (Trump) y la tensión social (extrema derecha) que, de no poner remedio, nos dejarán al raso.

No es una novedad que el FMI interprete la desigualdad como un inhibidor del crecimiento económico (Berg and Ostry, 2011), pero sí lo es que abogue por recuperar la progresividad fiscal (aumentando el tipo máximo), que se adentre en elucubraciones sobre alternativas ‘poco ortodoxas’, como la Renta Básica Universal, o proponga incrementar la inversión en salud y educación. La publicación de las Perspectivas del FMI, en abril, ya anunciaba un cambio de tercio. Así identificaba el comercio mundial y el cambio tecnológico como causa del trasvase de rentas del trabajo al capital, que habría exacerbado la desigualdad, e interpelaba a las autoridades a “la dura labor de invertir en sus propias economías, y especialmente en la población”.

El por qué ha de resultar duro invertir en la propia población merece de por sí un artículo, pero nos quedamos con que en su análisis el FMI establece que la participación de las rentas del trabajo en la renta nacional, que empezó a reducirse en los años ochenta, alcanzando su nivel más bajo en 50 años en el umbral de la crisis financiera global, es un factor de pérdida de estabilidad. Hoy el crecimiento mundial de los salarios en las economías avanzadas es más bajo que antes de la gran recesión, a pesar de la recuperación del empleo, y para explicarlo el FMI arguye tres razones: el desajuste del mercado de trabajo, las expectativas de inflación y la tendencia en el crecimiento de la productividad.

Para aquellas economías que, como la española, muestran tasas de desempleo superiores a las anteriores a la crisis, el FMI adscribe la mitad de la reducción en el crecimiento nominal de los salarios (desde 2007) a los desajustes del mercado laboral y subraya que “una mayor tasa de empleo parcial involuntario se asocia a un menor crecimiento de los salarios”, especificando que un aumento de 1 punto en este tipo de subempleo se traduce en un declive de 0,3 puntos en el crecimiento nominal de los salarios. Una tesis que ya recogía el Banco de España a finales de junio al avisar que el subempleo (en 10 años el empleo parcial ha pasado del 11,7 al 15,3% y el involuntario del 30 al 60%) puede convertirse en un elemento estructural de la economía.

Que nuestro banco central identifique en la reforma laboral de 2012 el origen de esta desviación resulta paradójico, casi tanto como que el FMI explique la moderación salarial en la pérdida de capacidad negociadora de las organizaciones sindicales. Pero no deja de resultar todo un estímulo que la ortodoxia económica se acuerde de Santa Bárbara cuando truena. Para hacer frente al bochorno y a la tempestad, Christine Lagarde defendía en Harvard que hay que subir salarios, crear empleo e invertir en productividad con tal de reducir la desigualdad que erosiona la confianza en la sociedad y espolea las tensiones políticas. Ahora tan sólo falta que comparta sus argumentos y razones con la patronal, y antes de que empiece la tormenta.

domingo, 8 de octubre de 2017

Ulises

Si la vida es una odisea, no se puede considerar sino afortunado a aquel que ha podido hacer el viaje, o al menos parte de él, a las órdenes de Ulises. En mi caso el héroe de Itaca se me apareció bajo la forma de un portugués compacto, gruñón y benévolo. El barco, varado en el puerto de la Confederación Europea de Sindicatos, no era otro que el del departamento de educación del Instituto Sindical (ETUI), y el viaje no duró mucho más de un año, durante el cual tuve la suerte de vislumbrar los fundamentos, pero sobre todo el espíritu de la formación sindical europea, de la mano de su director, Ulises Garrido. Ahora Ulises se jubila y nos deja un poco más huérfanos a los que encontramos en él un amigo y un referente.

Para quien viene de la comunicación, y está acostumbrado a moverse en el corto plazo, en el mensaje y la reflexión sucinta, tan propias del periodismo, la formación sindical es mucho más que un universo paralelo. En él son diferentes los tiempos y los matices, se articulan en otra cadencia objetivos e intenciones, pero sobre todo adquieren luz propia aquellos y aquellas en quienes se opera y se realiza el proceso formativo. No se trata de receptores, ni de audiencias, sino de personas con capacidades, habilidades y competencias, a los que se invita a entender sus equilibrios, a ampliar sus horizontes, y a reconstruir y ajustar el mapa interno que les sirve de orientación y que se enriquece y profundiza a medida que desarrollan su conciencia crítica.

La formación es probablemente la actividad humana que más cercana es a la magia, y en el caso de la formación activa, donde el auténtico protagonista es el proceso, y no el contenido, esa magia despliega una inmensa fuerza. Quien la experimenta vive una adicción que es parecida a la que ejerce en nosotros el viaje y la aventura. En cierta medida, la formación es el viaje que realizamos dentro de nosotros, y es también una odisea en la que enfrentamos nuestros particulares cíclopes y cantos de sirena, para convertirnos en el Ulises de nuestra propia historia. La formación es el ejercicio de la generosidad, y la expresión más genuina de la solidaridad, porque formando a otros, no hacemos sino formarnos a nosotros mismos.

El gran Ulises, compacto, gruñón e infinitamente benévolo, nos va a faltar en ese otro viaje que realizamos todos los que en Europa estamos abocados a la lucha sindical, que no es sino otra forma de solidaridad, generosa y genuina. Gracias a su trabajo, nos queda una formación sindical europea en condiciones óptimas, con una estrategia pedagógica bien orientada, estructurada e inclusiva. Es el fruto de una visión compartida, de una labor de equipo que se ha extendido y ha sabido encontrar la complicidad de una gran variedad de actores y escuelas sindicales. Si hoy podemos otear el horizonte sindical con algo más de esperanza, a pesar de los nubarrones, es sin duda por el trabajo de excelsos compañeros como Ulises Garrido.

Las despedidas siempre dejan un sabor agridulce, y en el caso de nuestro amigo, un inspirado cocinero que ama el bicho y la guindilla, también algo picante. Hoy su país, Portugal, es un referente para todos los que soñamos en la confluencia de la izquierda, y su organización, la CGTP-In, otro pequeño gigante que a menudo nos sirve de ejemplo en lo relativo al compromiso y la coherencia. Se jubila Ulises y nos deja el barco intacto y preparado para levar el ancla. No descansará hasta llegar a buen puerto. Es hora de agradecer su tesón y su infatigable entrega. ¡Que le sean benignos los vientos y que le acompañe la suerte cuando ponga rumbo a su merecida Ítaca!

lunes, 2 de octubre de 2017

El mal príncipe

Nada es gratuito. Que la primera escuela escogida para aliviar el autoritarismo de las fuerzas policiales que intervinieron, con suma brutalidad, el 1 de octubre, fuera la dedicada a Ramón Llull, tampoco lo es. Lull fue uno de los primeros autores que escribieron en catalán, además con vocación proselitista, con tal de llegar a un público más amplio. En su ‘Libro de las bestias’ dejó dicho que “la nobleza del rey se ha de corresponder con la belleza de la persona: que sea grande, humilde y que no haga daño a la gente”. Toda una afrenta a quien se debe sentir preso en su fealdad como ser humano, a quien la humildad le debe parecer, previsiblemente, una agravio en toda regla, y quien, en lo del tamaño político, es, mal que le pese, insignificante.

Los referentes intelectuales de quienes idearon la ofensiva contra el referéndum no son sin duda los de la filosofía. Beben, si acaso, en las fuentes de la megalomanía, en los márgenes del Nilo, allí donde bañaban sus pies de dioses Osiris y Ra. No es casualidad que el nombre con el que se bautizó la operación en Catalunya, fuera el de Annubis, señor del reino de la muerte y patrón de los embalsamadores. Al fin y al cabo la momificación intenta preservar la forma del soberano, a pesar de que se corrompa su interior. Es la visión más burocrática del poder, la de los escribas y los delatores, la que reniega de todo aquello que sea orgánico, y persigue la eternidad: vaciando los cuerpos de sus humores, envolviéndolos en paño y en papel.

En Egipto se creó el papiro, que es, con gran probabilidad, el dios de todos los empapeladores, aquellos que cofunden democracia y derecho, espíritu y letra, y dejan tras sí no más que una profusa estela de sentencias, que intentan suplir indecorosamente su profunda carencia de valor. Lo de los gobiernos autoritarios de este país siempre ha sido de inspiración faraónica, y si no, baste con visitar el monumental túmulo en el que descansa nuestra momia nacional. A nadie extrañe así, que quien blandía la porra y disparaba sus fusiles el pasado domingo, no viera, en los rostros desencajados de la ciudadanía que defendía escuelas como la de Ramón Llull, más que a un impenitente tumulto de enardecidos vasallos.

Si se hubiese pasado la noche anterior por alguna de ellas, habría descubierto lo que nos hace grandes, dónde reside no nuestra fuerza, sino nuestro poder. Habría degustado chocolate caliente, sonrisas, y la complicidad de quien se siente demócrata, porque se reconoce entre iguales, y no teje vendas ni paños, sino tan sólo la complicidad de valores que siente como propios. Quedan lejos las soluciones, pero en la democracia lo último que se agota es la esperanza. Esta radica en que cada uno tenga el valor cívico de cuestionarse si es posible apoderarse de las voluntades por el ejercicio de la fuerza, y si no merece antes, aunque sea al precio de la incertidumbre, darle la oportunidad a que nos expresemos democráticamente.

Las urnas no crean conflictos, sino que los desarman, y quien las secuestra y las destruye, no defiende otro mandato que el de la fuerza. Así las cosas, en España estamos abocados a una situación que tiene ya más de violencia doméstica que de convivencia. La dependencia, el sometimiento y la humillación que se nos imponen reclaman con carácter de urgencia un amplio consenso de las fuerzas de progreso, en todo el estado. No vale tibieza ni valen tampoco aplazamientos, porque no se ha de esperar piedad ni cordura del faraón. Lo decía Ramón Llull: “El daño de un mal príncipe es incalculable: una por el mal que hace, la otra por el bien que podría hacer y que no hace”.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Pluralismo y democracia

No nos ahogará la infamia. Por brutal que sea el envite, la esperanza no se rinde ni se pierde, cuando se sustenta en valores que compartimos todos/as. Lo enunciaba en su hermoso pregón Marina Garcés, en una frase que dedicaba a Barcelona y a su potencia política, “un nosotros sin nombre, hecho de todos los nombres”. Su defensa de la naturaleza pública, integradora y solidaria, que inspira todo aquello que se merezca llamar ‘político’, nos recuerda a otra filósofa, Hanna Arendt, que, hace 50 años, escribía: “la tiranía no es una forma de gobierno entre otras, sino que contradice la esencial condición humana de la pluralidad, el actuar y hablar juntos, que es la condición de todas las formas de organización política”.

La degradación galopante a la que asistimos hoy, pretende desterrar a la ciudadanía de la dimensión pública, inculcar el miedo y sembrar la sospecha, la polarización y el aislamiento. El autoritarismo como única estrategia, no pretende sino anular esta pluralidad, que es condición necesaria de toda vida política y principal garantía para el empoderamiento colectivo. Escribía Arendt: “El poder sólo es realidad donde palabra y acto no se han separado, donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde las palabras no se emplean para velar intenciones, sino para descubrir realidades, y los actos no se usan para violar y destruir, sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades.”

Ni la democracia ni la política están hechas de papel ni de acero. Su naturaleza no es mecánica, no es obediencia debida a un patrón inamovible, ni la realización maquinal de un plano diseñado tiempo ha por algún/a ingeniero. La naturaleza de la democracia y de la política es orgánica, vive en cada uno de nosotros, y se constituye en la suma de nuestras voluntades y de nuestras conciencias. La burocracia la entorpece, el autoritarismo la aniquila, y la demagogia que vemos hoy, ruin e hipócrita, la avergüenza profundamente. Quien quiere apoderarse de la democracia, reservarse la exclusiva sobre los asuntos públicos, no hace sino repetir el esquema de aquellos tiranos y faraones que acabaron confundiendo política y megalomanía.

Hoy, cuando vemos como se criminaliza al/la equidistante, se intenta acallar al/la disidente, ridiculizar a quien aboga por la neutralidad y el diálogo, es necesario recordar que hay una diferencia fundamental entre lo nacional, lo social, y lo democrático. Si en los dos primeros el posicionarse es una opción personal, identitaria y/o ideológica, en la democracia no valen medias tintas, porque es el texto que escribimos entre todos/as. Así hoy, frente a la agresión a los derechos democráticos, a las libertades públicas y políticas en Catalunya, no podemos dar la espalda y buscar excusas en agravios y maquinaciones. Frente a la ofensiva del miedo y de la violencia endémica, no cabe sino la unidad, diversa y plural, del conjunto de la ciudadanía.

Decía Paul Ricoeur que “El poder persiste mientras los hombres actúan en común; desaparece cuando se dispersan”. Hoy, frente a la judicialización, manipulación e instrumentalización de la política y de la democracia en Catalunya, no podemos sino reafirmarnos en una voluntad común y colectiva. Porque más allá de ese “nosotros sin nombre, hecho de todos los nombres” no hay más que soledad y barbarie. Es aquí donde no hay equidistancia posible, y es aquí donde la neutralidad de quienes se muestran tibios ante la agresión a la democracia, el tacticismo de quienes quieren sacar rédito al conflicto, nos condena a la derrota frente a aquellos que nada han entendido y que siguen confundiendo poder y fuerza.