domingo, 14 de enero de 2018

El sentido de los 'comunes'

La semana que comienza es de especial trascendencia para el futuro inmediato de quienes votamos un nuevo parlamento el pasado 21 de diciembre. Si en los dos polos opuestos es de temer que habrá poca novedad, más allá de la voluntad de imponer criterios ya sea desde la aritmética parlamentaria o mediante el recurso a los tribunales, es en la posición que ocupan los Comunes, donde pueden darse algunas claves interesantes. En este sentido la lectura de los resultados electorales, muy inferiores a lo esperado, sus proyecciones sobre el mandato y, especialmente, sobre las próximas elecciones municipales, invitan a interpretaciones que aún siendo complementarias en el fondo, pueden mostrar diferencias de calado.

Dos artículos publicados recientemente nos enseñan cómo cambia la misma botella, según se vea medio vacía o medio llena. En el primer caso, nos encontramos con quien identifica la debacle electoral en la falta de definición de los Comunes en la cuestión nacional, en su política de alianzas, en definitiva, en la ambigüedad en su identidad y estrategia, como principales obstáculos para que el partido de Ada Colau pueda realizar todo su potencial sociopolítico. Por otro lado, hay quien sitúa la botella medio llena por el papel que puede jugar En Comú Podem en un escenario de fuerte polarización, e incluso plantea un interrogante de gran interés: “¿A estas alturas pueden convivir indepes y no indepes en un mismo partido?”

Esta cuestión, es sin duda relevante, y es de agradecer que alguien, aunque sea al coste de muchas dudas, resuelva finalmente en sentido afirmativo. Frente a la dicotomía de la ‘vieja’ y la ‘nueva’ política, no puede haber sino la política en mayúsculas, y esta, en el caso de la izquierda, no puede situar las prioridades más que en el compromiso social y en la legitimidad democrática. Lo ‘social’ es inclusivo, es más, la diversidad o ‘tolerancia’ mutua en lo ‘nacional’, no es sino una forma de coherencia ideológica. Si ahora la polarización y el conflicto de ‘legitimidades’ parecen haberse comido la base electoral de la que se nutren los Comunes, el tiempo dirá, y no es de descartar que se repitan más adelante sus resultados en las generales.

En cualquier caso frente a la tentación de demonizar también al último partido con vocación transversal en lo ‘nacional’, vale la pena analizar algunos de sus referentes. Así al consultar la colección de artículos publicada en el cincuentenario del PSUC, en 1985 (‘La nostra utopia’), leemos por ejemplo al que fuera su Secretario General, Gregorio López Raimundo recordándonos que, para alcanzar los necesarios cambios políticos y sociales, se ha de construir una alternativa política de izquierdas y ampliar la democracia de base participativa, sumando movimientos asociativos y sociales. Que los y las trabajadoras constituyen una única clase que ha de ser la vanguardia de la lucha popular en defensa de los intereses nacionales.

Parece obvio que la vía pluralista y democrática al socialismo propugnada por el PSUC, se habría sentido muy distanciada de cualquier discurso nacionalista, pero no podemos dejar de pensar si, frente a este fenómeno, no habría defendido la transversalidad de la lucha de clases como elemento integrador más allá de las banderas. Las diferencias entre los Comunes y su principal referente histórico en la izquierda catalana son muchas, pero hay suficientes elementos como para que pongamos en duda que, en el contexto actual, el partido de Gutierrez Díaz y de Rafael Ribó, se hubiera replegado en uno de los dos frentes, sin ambicionar el representar al conjunto de ese ‘caleidoscopio de infinitos colores’ que es la clase obrera catalana, y de hacer frente a su problema real: ‘el de su dispersión política y organizativa’.

domingo, 7 de enero de 2018

Rebajas laborales

Las rebajas de enero de 2018 pueden suponer la guinda en el pasteleo estadístico de Fátima Báñez. Después del éxtasis de año nuevo, y el anuncio por parte de la ministra de que el 2017 ha sido el mejor año para el empleo de la serie histórica, la contratación para la incipiente campaña comercial, eso sí, precaria y temporal, podría engordar aún más las cifras y alimentar hasta la morbidez la retórica del supuesto ‘milagro económico’ del PP. Lástima que, como dice el Roto, detrás de los números se escondan personas, y que estas no vivan de estadísticas, sino de salarios, y que además necesiten de la calidad del empleo, eso es, de la seguridad y de la certidumbre, para vivir con cierta tranquilidad, algo que el PP y la ministra han desbaratado.

El reciente estudio del Instituto Sindical Europeo, ‘Una recuperación con malos empleos’ (Agnieszka Piasna, 2017) en base al Índice Europeo de Calidad del Empleo, deja al país del susodicho milagro en muy mal lugar, para ser precisos, en el 26º puesto en la Europa de los 28, tan sólo por encima de Grecia y de Rumanía. El Índice, que toma como referencia la Encuesta Europea sobre Condiciones de trabajo de los años 2005, 2010 y 2015, muestra cómo el mercado laboral español es, por su precariedad endémica, el peor en toda Europa en relación a la seguridad en el puesto de trabajo, y uno de los peores en la conciliación entre vida profesional y personal, las condiciones laborales o la formación y el desarrollo profesional.

En estos 10 años, los trabajadores y trabajadoras españoles han sido los que, junto a los y las griegas y rumanas, más expuestos se han visto a la pobreza laboral y, de los pocos que, esto sí, mérito exclusivo del PP, junto a belgas, eslovenos y británicos han visto empeorar la calidad del empleo, también a partir del año 2010. Estos son los datos que no interesan al PP, como tampoco le interesa hablar de la pobreza infantil y juvenil, de la letanía de la emancipación, en la que somos líderes, o del incipiente empobrecimiento de los pensionistas. Si estos hasta ahora se habían podido salvar, aportando estabilidad a la debacle social de la crisis, parece que conforman, para el gobierno Rajoy, el siguiente objetivo de ‘empobrecimiento selectivo’.

Uno de los elementos más interesantes del estudio de la investigadora polaca Agnieszka Piasna es que rebate con criterio científico el mantra que ha hecho suyo la derecha europea, y que con tanta vehemencia ha interiorizado el Partido Popular. Así, en una chabacano intento de enfrentar a trabajadores con derechos con trabajadores precarios, y sin otro interés que el de sembrar cizaña con tal de armonizar a la baja, se ha intentado dar por sentado que a menor protección del empleo, salarios más bajos y mayor flexibilidad, más oportunidades para que se puedan incorporar al mercado laboral aquellos/as que han quedado ‘marginados/as’. Una argucia retórica de gran simpleza y un despropósito aún mayor si nos atenemos a la realidad.

Como demuestra el estudio del Instituto Sindical, la cantidad y la calidad del empleo no se excluyen mutuamente, sino que se complementan. A más calidad, más tasa de empleo, y cuanto más desempleo, menor calidad del empleo. Así la ministra debería asumir que el problema no está en la cantidad, sino en la calidad, y que de este depende no tan sólo el bienestar de la ciudadanía, sino también el vigor y la sostenibilidad del modelo social y económico. Es más, para la cantidad de ‘empleo’ importa incluso la ‘calidad del desempleo’ y aquí hay que recordar al PP que, a costa de ahorrarse 800 millones de Euros anuales, de las 3.412.781 personas que siguen registradas como desempleadas, hoy cada vez menos disponen de alguna prestación (57,9, respecto al 78,4% en 2010), y que incluso estas, hoy tienen prestaciones inferiores (15%), que las que tenían antes del ‘milagro’ de Fátima y del PP.

lunes, 1 de enero de 2018

Una nueva etapa

Hace ahora un año, en un programa de radio que conmemoraba los 50 años de la campaña ‘Cap nen sense joguina’, Carles Puigdemont lo decía con claridad: “De aquí a un año no seré presidente de la Generalitat”. Quien no había pasado por las urnas, y había sido investido el 10 de enero de 2016 por una mayoría exigua en el Parlament, ligaba su mandato a la realización de un referéndum, tras el cual comenzaría “una nueva etapa con nuevos instrumentos y nuevos liderazgos”. Como era de prever, este nuevo escenario se convirtió, poco después del referéndum y de la Declaración Unilateral, en uno de profunda degradación democrática, con la destitución y encarcelamiento del govern de la Generalitat, bajo el amparo del artículo 155.

Aún así se ha de reconocer que Puigdemont tenía razón en un punto; que después del referéndum comenzaría una nueva etapa, y que esta requeriría de nuevos liderazgos. Precisamente por esta razón, cuesta entender que quien hace un año decía “No tengo ninguna vocación por ser president de la Generalitat”, hoy haga de su ‘liderazgo’ una cuestión de estado, la única opción, así Elsa Artadi, que nos salva del ‘marco mental del 155’. Tal vez 12.372 votos de diferencia entre PDCat y ERC habrían de obligar a un poco menos de arrogancia y a ser algo más espléndidos, porque puede resultar una tarea hercúlea explicar, por qué razón, la 2ª fuerza política en el Parlament, con un 21,65% de apoyo popular, ha de ser necesariamente la fuerza determinante.

Resulta crítico que nos fijemos con atención en el nuevo escenario que dejan las elecciones y que, a pesar de no corresponderse con aquel idílico que tal vez se imaginaba el President, con una Europa poniendo de rodillas al PP por los excesos policiales y los resultados del 1O, es el único que tenemos. Pero o no llega el sentido común, o no llega la generosidad, ni tan solo con aquellos que están pagando un precio bastante más elevado que el del ostracismo invernal en la capital Europea. Si la única manera de gestionar el post 21D, es la restitución del govern de la DUI, es que algo no hemos entendido. Porque la política se diferencia de la utopía, precisamente en que sitúa su foco en la realidad, tal y como ésta es, con tal de superarla, y sirviéndose para ello de lo que tiene a su alcance.

Lo que tenemos, en primer término en Catalunya es una sociedad profundamente polarizada. Y esta realidad supone un reto muy importante no ya para crear nuevos consensos, sino para recuperar aquellos que teníamos en cuestiones tan centrales como por ejemplo el modelo escolar. Volver al discurso del 50 +1%, es promover un bloqueo institucional, social y democrático, que puede acabar cobrándose hasta estas pequeñas conquistas y que introduce, además, una importante distorsión en lo económico. Cuando parece evidente que el crecimiento económico se desacelera y que entramos en una fase de declive suave, no serán los pies de barro del ciclo expansivo, sino las incertidumbres del ‘procés’ las que se acabaran por responsabilizar del enfriamiento de la economía catalana.

Muchos/as de los/las que estuvimos el 1 de octubre en las escuelas, fuimos no para defender un modelo de estado, sino para garantizar el respeto fundamental al ejercicio de la democracia por parte de los ciudadanos/as y trabajadores/as catalanes. Este es el espíritu que se siente traicionado, cuando, en curiosa consonancia con el gobierno central, se intenta forzar unos equilibrios institucionales con mayorías mínimas, capando la democracia y su capacidad y vocación por generar consensos. Son precisamente estos lo que necesitamos para hacer frente, de manera inmediata, a los importantes retos socioeconómicos que tenemos por delante (pobreza, precariedad, desigualdad), y son estos los que serán imprescindibles para recuperar, para el conjunto de la sociedad, el debate sobre el derecho legítimo a la autodeterminación.

martes, 26 de diciembre de 2017

Las dos Catalunyas

Si comparamos el resultado del 21D con el del 27S parece evidente que las posiciones están enquistadas y que no hay horizonte más allá de la lógica de bloques. Aún así, si intentamos definir en detalle las dos posturas antagónicas, no tardamos demasiado en advertir que, en realidad, lo que falta es profundidad. Aquí no hay telón de acero como separador entre ideologías, ni tampoco existe una brecha abismal e insondable, como la que enfrenta a las históricas dos Españas, una de derechas, católica y centralista, la otra de izquierdas, anticlerical y periférica. Las dos Catalunyas, de existir, estarían divididas no por un telón de acero, ni por una tapia, ni una cuneta, sino por el estrecho filo de la navaja de Guillermo de Ockham.

Hace unos 700 años, este monje franciscano estableció el principio de parsimonia, que nos dice que ‘la explicación más sencilla suele ser la más probable’. Y eso es lo que nos hace falta, parsimonia, si queremos hacer un cálculo a mano alzada de la profundidad de las trincheras, y de lo irreductible de las placas tectónicas que, en grave liza, parecen remover los cimientos de nuestra actualidad y, con ella, de nuestro futuro inmediato. Dicen que tiene este conflicto algo de telúrico, que se presenta con gravedad geológica, y nos indican que, sobre el magma primordial, hay dos balsas de piedra que navegan en direcciones opuestas, cada una con su estandarte, y armada de sus propias razones, argumentos y propuestas teleológicas.

Sin embargo, el principio de parsimonia nada nos dice de la razón por la que la tensión que prevalece es aquella que reside en las enseñas. Junto a la navaja de Ockham está el pez que se muerde la cola, y con ella la demoscopia, en una suerte de profecía autocumplida, en la que el movimiento se demuestra andando y la hegemonía reproduce aquello que no es capaz de cuestionarse, ya sea por efecto estadístico, o por defecto de forma. En la noche electoral, ni uno sólo de los gráficos situaba la proporción de los votos escrutados por su orientación ‘ideológica’, siendo las dos Catalunyas monolíticas y rotundas, inamovibles y telúricas, del todo discrepantes, sin visos de una reconciliación, en apariencia enojosa y abominable.

Aún así, hasta el fraile franciscano convendría en que la simplicidad es, en política, el peor de los consejeros, porque ésta está hecha, como las personas, de un sinfín de matices. Mal que les peses a unos y otros, más allá de las banderas está el valor de la riqueza y del trabajo, la laxitud fiscal o la precariedad como estrategia para perpetuar poder y discrecionalidad. Está la hucha de las pensiones y la educación, que puede adoctrinar en la inmaculada concepción, pero no en el derecho a la emancipación de las personas, y he aquí que, en aspectos muy simples, pero determinantes, no hay diferencias, sino una comunidad de intereses que transgrede las trincheras y que, en plena contienda, desdibuja las fronteras.

Existe más allá de la cuestión ‘nacional’ una sola que resulta realmente relevante. Se trata del marco institucional en el que se ha condenado a una parte del conflicto al ostracismo y a la cárcel. Aquí no puede haber concesiones. Se requiere diligencia y justicia para situar de nuevo a todos en un mismo tablero. Después se precisa de generosidad, para nombrar a un o una persona ‘sabia’ y ‘neutra’, para que dirija el parlamento, y un consenso trabajoso pero lúcido, para que el ‘govern’ sea de todos/as e incite a que comencemos, entre todos/as, a suturar las heridas. A partir de aquí queda la política y la actividad legislativa y ejecutiva que recupere la diversidad de los argumentos, y trabaje por cohesionar una sociedad dividida, y, de paso, le ahorre el vértigo que comporta el caminar por el filo de la navaja de la simpleza absoluta.

domingo, 10 de diciembre de 2017

'Botar'

En el país en el que ‘votar’ se escribe con ‘b’, existen diez opciones. ‘Botar’ es, según la RAE, arrojar, tirar, echar fuera a alguien o algo, y ese sin duda es un motivo demasiado habitual, no el votar para que salga aquel o aquella a la que nos confiamos, sino para que no salga el otro. Una segunda acepción, así la RAE, queda reservada a aquellos que triunfan, que es singularmente lo que conocemos como ‘mayoría’. Así ‘botar’ es echar al agua un buque, haciéndolo resbalar por la grada después de construido y carenado. El proyecto que se ‘bota’ y que se desliza al mar en el fragor del escrutinio, habitualmente, al poco de alejarse de la playa, transmuta en una imagen cada vez más remota, y posiblemente se pierda en el horizonte.

La tercera opción tiene una impronta algo violenta, ‘lanzar contra una superficie dura una pelota u otro cuerpo elástico para que retroceda con impulso’. Es suficientemente descriptiva, y transmite la lógica del ‘voto de castigo’. Se bota no para que salga el uno, ni tampoco para que no salga el otro, sino para castigar al primero, al que probablemente se ‘botó’ en alguna otra ocasión, habiendo habido traición programática de por en medio. La cuarta acepción es la de los esperanzados. Para ellos botar es: “echar o enderezar el timón a la parte que conviene, para encaminar la proa al rumbo que se quiere seguir. Hablamos, es evidente, del voto que es de ‘corrección’ que no es otra cosa que un eufemismo del voto pragmático.

La quinta perspectiva léxica se desdobla gracias a la RAE en dos imágenes sugerentes: ‘Botar un edificio. El árbol bota las hojas’. Por un lado, el escepticismo, ese sacrilegio democrático, puede llevar a votar la peor opción de manera repetitiva, no como castigo o corrección, sino por pura dejadez cívica. Al mismo tiempo el autor nos sugiere, tal vez con cierto ánimo moralizante, que el sujeto de tal acción tiene una gran probabilidad de ‘botarse’ a sí mismo, eso es, de quedarse seco, separarse de la rama y precipitarse entre iguales hasta confundirse en la hojarasca. Mal está la cosa cuando ‘botar’ es ‘dilapidar bienes, especialmente dinero’, pero aunque resulte paradójico, botar es, a veces, dilapidar lo que es de todos/as.

Más sentida es la séptima acepción, una que, por desgracia, pasa demasiado desapercibida. ‘Botar’ es ‘Despedir a alguien de un empleo’, y eso es lo que nos ocurre cuando votamos a quien dice ‘A’ y luego hace ‘B’, eso es, por poner un ejemplo clásico, flexibilizar el despido. En Costa Rica y en Honduras cuando ‘botan’ cortan árboles, arbustos o matorrales, y eso cuando tienen suerte, porque muchas veces no les dejan, y cuando lo hacen, demasiadas veces la victoria es de quien desbroza la riqueza, la esquilma y aplana, total, para instalar un campo de golf. Pero ‘botar’ es también ‘perder o extraviar algo’, y es este un punto melancólico, porque todos, a medida que ‘botamos’, maduramos y perdemos nuestra inocencia.

Y en décimo lugar está lo peor, la consumación del cinismo democrático, que es ‘botar’ con tal de embotar o entorpecer. Es la opción del voto de ‘castigo’, pero en versión colectiva, votar no para que salga la una, no salga el otro, gane quien corrija el rumbo o quien nos peine las canas, sino votar para que todo se hunda. Pero por suerte este no es el país en el que votar se escribe con ‘b’. Por eso hay que votar sin levantar la papeleta para buscar la brisa y con ella la demoscopia, ni tampoco arrimarla al ascua, porque se quema. Votar con ‘v’ es un privilegio y por eso vale la pena agarrar con fuerza la papeleta, y doblarla como quien se encomienda a un deseo íntimo, antes de depositarla en la urna.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Teoría y práxis transformadora

Una paradoja central del sindicalismo es que su poder sociopolítico ha sido interpretado críticamente no tan sólo por parte del capital, sino también, y muy a menudo, por parte de quienes, desde la organización política, pero también desde la construcción teórica, dicen defender los intereses de la clase trabajadora. Bruno Trentin en la ‘Ciudad del trabajo’, describió magistralmente la lógica inherente a los intentos de instrumentalización del trabajo organizado por parte del proyecto político, tensión que ha devuelto a la actualidad la crítica al sindicalismo a la que hoy asistimos, en la traslación del debate, del marco ‘transversal’, ‘transnacional’ y de ‘clase’, a aquel que discurre en el marco del antagonismo ‘territorial’.

La crónica del distanciamiento entre teoría crítica y sindicalismo sociopolítico tiene un largo recorrido, que suma ya casi 100 años. Nace con la reprobación de las limitaciones mostradas por el movimiento obrero a la hora de marcar perfil propio frente a la lucha ‘patriótica’ que capitalizó todos los conflictos (también el social) en el marco de la gran guerra (1914-1918). Se extiende al ocaso de la autonomía y liderazgo sociopolítico de la lucha sindical en la revolución soviética, y tiene otro de sus puntos álgidos en la crítica al presunto ‘fracaso’ del movimiento obrero, cuando se trataba de frenar y quebrar la ofensiva del fascismo en los años treinta. Este espíritu crítico supera también la 2ª guerra mundial y atraviesa la segunda mitad del siglo XX.

Con la emergencia del contrato social de la postguerra, la crítica al sindicalismo de clase por parte de la teoría crítica se centra en su supuesta integración en el ‘capitalismo de estado’. La teoría de la ‘institucionalización del conflicto de clases’ comporta la crítica a la burocratización del movimiento obrero, interpretando su ‘intermediación’ como ‘pertenencia’ y ‘legitimación’ del sistema. La desafección del aparato crítico con respecto al sindicalismo sociopolítico, estimula un creciente distanciamiento mutuo, que no hace sino debilitar la confluencia en aquellos puntos que comparten, y que conforman el vértice de acción en el que realizar el proyecto común, que no es otro que el de trascender la hegemonía del capital sobre el trabajo.

Porque la teoría y la praxis de la transformación social coinciden en aspectos fundamentales. En primer lugar en que el objetivo no es sólo la redistribución del producto del trabajo, sino también la autonomía en la definición y gestión de su organización, rompiendo los márgenes del papel subalterno que le pretende imponer el capital. Otro punto en común es la necesidad de activar mecanismos que extiendan la conciencia de clase y que han de diluir la aceptación, adaptación o permisividad con la verticalidad que introduce el sistema. Finalmente están la centralidad que tiene la superación de la injusticia y de la desigualdad en ambos discursos, y la vocación por prevenir y desarmar la racionalización deshumanizadora del totalitarismo.

Estas coincidencias son las que cobran hoy especial relevancia. El movimiento sindical tiene que incidir con fuerza en la extensión de un discurso que vaya más allá de los intereses de parte y que permita superar las deficiencias democráticas, sociales, económicas y ecológicas que introduce el neoliberalismo. Más aún si cabe en el horizonte de un cambio tecnológico que comporta incontables amenazas, pero también oportunidades a la hora de alcanzar nuevos consensos sociales. Para ello es necesaria la complementariedad con la propuesta teórica y la sintonía política, con tal de garantizar la coherencia, el equilibrio y también la complicidad de un modelo socioeconómico que sirva a los intereses de la sociedad global, eliminando el riesgo y la desigualdad como únicos motores del cambio.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Sabor a hiel

“La democracia es fuerte en la medida que se defienda, en los tribunales, en las escuelas o en los centros de trabajo.” La reciente comunicación de CCOO de Madrid, en apoyo del policía que denunció la incitación al odio expresada en un grupo de WhattsApp, pone el dedo en la llaga. Frente a quienes intentan tergiversar, acusando al funcionario de perjudicar la imagen de la Policía Municipal, no cabe sino decir con claridad, que el descrédito y la deslealtad con el cuerpo policial, es responsabilidad exclusiva del corpúsculo minoritario que vejó e insultó, entre otros/as, a la alcaldesa madrileña, y que ahora se esconde tras el uniforme, para no dar la cara por la ignominia que conlleva el brutal desprecio hacia lo que este debería representar.

Algo está pasando, cuando quien tiene el deber de garantizar el orden y el ejercicio de las libertades, se deja ir y alimenta, desde el privilegio que supone defender el bien común, una espiral de odio que envilece a la sociedad. El sexismo rancio y la xenofobia que transmiten los comentarios vertidos en el chat, muestran la latencia de un discurso profundamente ácido y reaccionario, que parece propio de otra época, aunque se instale con fuerza en la actualidad. Las cloacas de interior, la lógica nauseabunda y procaz de la ‘manada’, los excesos en Valencia, los insultos a Pilar Manjón o el reciente acoso a los congresistas en Zaragoza, delatan un embrutecimiento que se ceba y reproduce gracias a la tolerancia tácita y a la impunidad

Mientras que en otros países europeos como Italia, Alemania o Francia, la exaltación del fascismo supone un delito, en España tan sólo es tal si ‘por su naturaleza y circunstancias constituye una incitación directa a cometer un delito”. Se eximen por tanto de culpa la exhibición de símbolos, la falsedad histórica o la apología del nazismo, si estos no apelan, de manera explícita, al quebrantamiento de la legalidad. Este es el fruto de la profiláctica condescendencia con el franquismo, de un envenenado relativismo histórico, que comportó un riesgo moral, cuyas consecuencias estamos pagando hoy. El resultado es el de un relato gregario y huero, xenófobo y sexista, que contamina de manera creciente la cotidianeidad.

Habíamos asumido que el precio de la transición, el peaje de las conquistas democráticas en nuestro país, era el de mantener en las instituciones, pero también en el tejido financiero y empresarial, a una parte significativa de quienes alcanzaron sus funciones y poderes durante el franquismo. La apuesta era la de superar la fractura social y política, con la esperanza de que el pasar página, comportara, con el paso del tiempo, la disolución de la herencia negra de la dictadura. Hoy la debilidad de esas conquistas, la precariedad de los equilibrios, se manifiestan de manera rotunda con la efervescencia de un discurso claramente preconstitucional, que tiene su caldo de cultivo en la corrupción, la instrumentalización y el más rancio patrioterismo.

La tensión territorial y su lógica de retroalimentación, que desarma la vigencia y capacidad de mediación y consenso que reside en los mecanismos democráticos, es una inmensa cortina de humo que beneficia a quienes sacaron partido del ‘crecimiento’, de la ‘crisis’ y ahora sacan rédito a la desigualdad. Quienes ladran y gruñen hasta asomárseles la hiel a los colmillos, son los herederos de la España negra, de una cultura analfabeta, machista y soberbia, que sigue viendo el principal peligro en la emancipación de las personas, especialmente de las mujeres, y que intenta imponer el dictado de sus instintos más primarios. No habrá paz ni progreso hasta que no se imponga el criterio de la justicia y se ponga fin a la tolerancia y el consentimiento, devolviéndonos a un horizonte en el que primen las garantías y los valores democráticos.