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Con la publicación de ‘Camino de Servidumbre’ Friedrich August von Hayek sacrificó su reputación como economista para iniciar a cambio, una carrera como promotor ideológico e intelectual. Lo reconocía cuando, a la muerte de Keynes, dijo que, mientras el gran economista británico se había convertido en un santo, él había pagado con el descrédito académico la publicación de una obra divulgada finalmente por el Reader’s Digest. Todo un superventas de su época, con más de 600.000 ejemplares vendidos, ‘Camino de Servidumbre’ quería ser un contrapunto que cuestionara el contrato social que había emergido de la postguerra rompiendo la hegemonía del gran capital financiero e industrial. A diferencia de su referente histórico, el liberalismo, la propuesta de Hayek, completada después por Friedman y otros, defendía el estado, pero no como garante de los fundamentos democráticos, sino de las libertades asociadas al mercado. No es de extrañar que al buscar un banco de pruebas, el neoliberalismo escogiera por ello un marco autoritario y dictatorial. A tal fin sirvieron la dictadura chilena y después la argentina. En ambas se dispuso la sociedad como laboratorio, y la población como cobayas, con tal de establecer el modelo de un nuevo dominio social.
Teniendo en cuenta que con Pinochet hubo 28.259 víctimas de prisión política y tortura y que bajo la junta argentina desaparecieron más de 30.000 personas, las declaraciones públicas de Hayek en sus visitas al cono sur resultan chocantes. “Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un Gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente…”, decía en 1981 al diario chileno ‘El mercurio’. Menos efectistas pero tal vez más depravadas resultan las declaraciones hechas a la revista argentina ‘Somos’ en noviembre de 1977. En ellas identificaba la principal amenaza a la ‘economía de mercado’ no en la política monetaria, o en la iniciativa de ‘las diversas especies de colectivistas’, sino en “las instituciones políticas que prevalecen en el mundo occidental (y que) producen necesariamente un impulso en esa dirección, que tan solo puede detenerse o evitarse cambiando esas instituciones.” Apología del autoritarismo. Pero si pensamos que el economista jefe del BCE de 1998 a 2006, Otmar Issing daba en 2011 un conferencia con el título ‘Camino a la servidumbre’, veremos cómo late aún hoy, también en Europa, el pulso neoliberal de Friedrich August Hayek, y hasta qué punto son de actualidad los preceptos económicos que se estrenaron en la Chile de Augusto Pinochet.
El recetario neoliberal aplicado en Chile a partir de 1975 está contenido en las 189 páginas de la publicación ‘The Brick’, y a los fogones estaban los ‘Chicago Boys’ con el ministro de trabajo y previsión social y también de minería, José Piñera Echenique, en el papel de chef. El sobrino del que fuera por dos veces presidente de la conferencia episcopal chilena Bernardo Piñera, y hermano de Sebastián y Pablo Piñera, ex gerente del banco central y ex presidente del gobierno chileno respectivamente, arrumbó con su reforma laboral (1979) la negociación colectiva o el derecho de huelga, privatizó la seguridad social mediante la de pensiones (1980) y creó, mediante la ley sobre concesiones mineras, en 1981, el fundamento legal para privatizar empresas estatales en ámbitos tan estratégicos como las telecomunicaciones, la energía o las infraestructuras. Este programa nos resulta sin duda conocido. Sus esencias son la ‘sacralización’ de la propiedad y del capital, protegido de la redistribución, la fiscalización o la negociación colectiva, la individualización de las relaciones socioeconómicas, el ataque frontal a cualquier estrategia colectiva o solidaria, especialmente la sindical, y la privatización y instrumentalización del estado como garante del status quo al precio que sea.
El principal enemigo del neoliberalismo es el estado del bienestar por organizar propiedad y medios de producción en función de la equidad, la solidaridad y el mérito, reduciendo así el ‘riesgo vital’ y la dependencia de las personas, tan centrales para el credo neoliberal. Frente a los ‘herejes’, eso es: demócratas, sindicalistas y sujetos varios de la ‘izquierda’ se aplica mano dura. Las torturas aplicadas en el estadio nacional chileno o en la escuela de mecánica de la armada argentina no difieren en mucho de las utilizadas por la Inquisición en la edad media. Del mismo modo las políticas autoritarias y antidemocráticas del ‘estado’ de corte neoliberal se ejercen a través del miedo y este se propaga mediante la arbitrariedad, la desproporción y la impunidad en la represión policial. Los/as 260 trabajadores/as y sindicalistas encausados en diversos procedimientos judiciales, la historia retratada en ‘Ciudad muerta’, o casos como el de Ester Quintana, dan fe de ello.
Especial actualidad reviste el caso de Dani e Isma, dos jóvenes estudiantes de la Universidad de Barcelona que este lunes debían ser juzgados por participar en la huelga general del 29 de marzo de 2012. La reforma laboral a la que respondía esa huelga era pariente cercana de la de Piñera. También aquí la justicia, representada por la magistrada que juzgó a Patricia Heras, intentó ser ejemplarizante e intimidatoria. La cárcel sin fianza impuesta a dos personas de 19 y 21 años sin antecedentes, pretendía, entre otras cosas, desanimar la protesta que suscitaría la visita a Barcelona, el 2 y 3 de mayo, del BCE. El aplazamiento del juicio, declarado este viernes, previsiblemente no pretende tampoco otra cosa que salvar la cara de la acusación particular de cara a las próximas elecciones municipales. No importa que por estrategia política se condene a dos jóvenes a dos meses más de incertidumbre. No olvidemos que esta, junto al miedo, conforma el auténtico ‘camino a la servidumbre’.
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