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Dice el refranero que ‘antes que te cases mira bien lo que haces’. Demasiadas veces la pasión y el presagio erótico precipitan los acontecimientos y por perder la mesura, se sentencian uniones condenadas al fracaso, a la amargura y a un sufrimiento que, bien pensado, era del todo innecesario. Pasa con las personas, pero, en un mundo de concupiscencias desatadas como este y de libidinosidad corporativa globalizada, pasa con los estados y pasa incluso a nivel geopolítico, implicando la danza planetaria a continentes enteros. Es este el caso de los conocidos tratados de libre comercio que no podemos analizar si no es en clave de relación de pareja, y de formalización de esta. En el caso del matrimonio que se fragua entre Europa y EEUU conviene empezar estableciendo que, como en tantos matrimonios, este tampoco nace del amor, sino del interés. Así, no es amor, ni es tampoco sexo, sino algo mucho más vulgar: negocio. Cuando se pretende vender el enlace como un tratado comercial se persiguen dos fines. En primer lugar distraer semánticamente de su verdadero objetivo: La liberalización de servicios, la flexibilización normativa y la desregulación. En segundo lugar, tramitar y disfrazar como protocolo comercial lo que es una involución política, económica y social en toda regla.
Como es habitual en otros muchos esponsales, el enlace no persigue la satisfacción de un sentimiento mutuo, sino un objetivo más crematístico que romántico. Tiene que ver con las estrategias de la familia, y con familia no nos referimos a la de los padres, tíos y suegros, sino a la del Padrino I, II y III. Que el 92% de las reuniones preparatorias de la Comisión fueran con lobbies, y de las 135, 127 se hicieran a puerta cerrada, es, en este caso, tan sintomático como echar una ojeada a la dirección ejecutiva de las entidades y fundaciones que han ‘apadrinado’ las principales apologías y panegíricos del TTIP, y en la que encontramos celebridades de bancos, consultoras, patronales, y grandes multinacionales. Como parece evidente que no hay amor, al menos se trata de hacer creer que el matrimonio es de conveniencia, eso es, que conviene a ambas partes. En este sentido es revelador que otros estudios menos ‘interesados’ presagien un horizonte bastante más turbulento. Para Europa el aumento del comercio con EEUU es a costa del comercio interno, y pagan el envite la pequeña y mediana empresa y los trabajadores y trabajadoras. También los análisis realizados de tratados, como el NAFTA, con un recorrido ya de 20 años, muestran cómo este tipo de uniones no ‘convienen’ sino a una minoría social muy reducida.
En el caso de las nupcias transatlánticas se añade el problema de que uno de los prometidos es algo calavera. Mientras corteja a la Unión Europea y le dice que bebe los vientos por ella, se dedica al mismo tiempo con gran entrega a cortejar a Asia entera. En un mundo algo menos desequilibrado, también Europa seduciría a dos bandos, pero resulta que a pesar de que no hay océano que nos separe de Asia, se nos ha instalado a medio camino, mira tú qué casualidades, el brutal conflicto ucraniano, que demoniza a Rusia y nos invita a nosotros a mirar hacia el Atlántico. La naturaleza algo crápula de uno de los pretendientes ni tan siquiera le impide mostrar su lado más posesivo y celoso. Lo normal en un mundo entre adultos sería ser todos un poco más saturnales y desenfrenados, pero precisamente la promiscuidad geopolítica, lo que en términos globales se llama multilateralidad, es lo que no quieren ver ni en pintura los EEUU, que insisten en que pasemos por el altar de la iglesia. Esto supone un revés importante, cuando los problemas que enfrentamos todos, y que tan poco saben de fronteras; como el clima, la pobreza o la paz mundial, precisan que les plantemos cara desde una estrategia global y compartida, y no desde una lucha entre bloques, polos o ‘parejas’.
Europa como novio o novia va algo confundida. El problema es que a nivel psicológico parece inestable, y lo del matrimonio lo quiere porque no sabe qué hacer con su vida. Por eso ha cogido a alguien que se supone es más fuerte, y eso comporta otro problema de calado. La asimetría institucional, la madurez política y la cohesión territorial de uno y otro pretendiente son tan diferentes, como sus modelos energéticos, su cultura política, o la separación que hacen entre lo público y lo privado. Con estas diferencias no hay pareja que pueda funcionar, a no ser que se le llame pareja al jinete y al caballo. El tórrido estremecimiento que tanto excita al Consejo y a la Comisión no es más que una huida hacia delante. Hundida Europa por los errores cometidos en el marco de la gobernanza económica, y debilitada la ciudadanía por la pérdida de cohesión y el auge de un discurso patriotero y xenófobo, ahora se pretende aprovechar el caos para eludir responsabilidades, favorecer a las grandes corporaciones y lanzarse en los brazos de una relación imposible. Porque no hay matrimonio ni política comercial que pueda sustituir la ausencia de una política social y económica. La UE necesita dedicarse a sí misma. Y si eso exige que nos dejemos de enlaces transatlánticos, noviazgos estratégicos, y otanismos económicos (así Hillary Clinton), pues bienvenido sea la soltería con tal de que sea democrática y social.
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