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Ante una masacre tan abyecta como la de la Rue Nicholas Appert, la primera reacción es la de incredulidad. Cuando los datos se corroboran, las fotografías fijan escenarios y caras, y los mapas y gráficos sitúan los hechos, la siguiente tentación es la de identificar argumentos, motivos y razones. Se pretende apaciguar así la irritante sensación de impotencia, diluir el sinsentido que despierta la violencia, cuando esta se presenta de manera tan arbitraria y brutal. Es entonces cuando se suele cometer el error de intentar atribuirle un marco lógico, histórico, político o moral a un exceso que tiene tan poco de racional como de humano. Porque si lo pensamos bien no hay casi diferencia entre Said o Cherif Kouachi y Andres Breivik, aunque en términos ideológicos alguien pueda sentir la tentación de situar a uno en las antípodas de los otros dos. La iniquidad en la planificación, la soberbia, indiferente e infame, a la hora de ejecutar a sus víctimas, los convierte en sujetos cercanos, miembros de una misma ralea, arrebatada y ruin. Son lo que se ha dado en llamar ‘lobos solitarios’, eso es, individuos que tras una aparente normalidad mantienen latente y a flor de piel un instinto sanguinario, criminal, más propio del licántropo que del lobo animal.
La matanza de la isla de Utoya hace tres años, o la reciente ejecución sumaria en las oficinas de Charlie Hebdo, tienen en común una rigidez moral que odia visceralmente cualquier expresión rotunda de vida. Ya sea la juventud en el caso de la isla noruega, o el humor irreverente, jovial, de la revista satírica francesa, la pasión desatada, la fecundidad creativa o la simple alegría de vivir suponen para la mente torturada de aquellos que padecen de un individualismo gregario, solitario y vacuo (totalitario para Hannah Arendt), una insoportable afrenta. No parece que estas personas atormentadas, yertas, puedan tener la pasión que se requiere para vengar injusticia alguna. Antes bien escenifican en un acto trágico, abismal, no tanto de justicia como de ajusticiamiento y poder singular, la venganza por haber dejado de sentir. Frente a esta desconcertante realidad parece una burda ocurrencia que la solución para la mayor parte de los dirigentes políticos pase por aumentar el control social. Fue la solución que se quiso aplicar tras el 11 de septiembre, y no ha dado resultado alguno. Parece mucho más adecuado, útil y necesario, dilucidar cómo recuperar la coherencia y la integridad, los dos únicos antídotos socioculturales de los que disponemos, a día de hoy, frente a la locura y la barbarie.
Para ello hay que poner especial atención en la injusticia, la irresponsabilidad y la impunidad que se promueven a nivel global pero también en el interno de nuestras sociedades. El fundamentalismo de mercado, con el expolio implacable de la riqueza social, de la cohesión y de la sostenibilidad, ha hecho del cinismo la principal seña de identidad contemporánea. Mientras la gestión selectiva del empleo, de la educación o la sanidad extiende la precariedad, la marginación y la incertidumbre en Europa, más allá de sus fronteras es la expropiación de los recursos y materias primas, la creación de falsos conflictos, la usurpación de toda soberanía, en definitiva, la lógica extractiva de un capital insaciable cuando se trata de identificar y esquilmar fuentes de riqueza y de bienestar, la que marca la pauta. Ambas tienen en común un mismo elemento: la desestatalización en beneficio de la expansión de los espacios de intervención de las grandes transnacionales. Con ella se promueve la pérdida de control y la quiebra de la capacidad de autodefensa de la población y de la sociedad civil organizada. Así se ha hecho en Iraq, en Afganistán o en Siria con consecuencias bien conocidas. Un fundamentalismo se convierte así en el caldo de cultivo de otro fundamentalismo, igual de funesto y devastador que el primero.
La frustración de las revueltas democráticas en Egipto o en Libia, el bombardeo de escuelas o la ejecución sumaria de líderes políticos o sindicales, ya sean kurdos, colombianos o argelinos, son el resultado de un mismo patrón de deshumanización que se reproduce a escala global en las políticas de los estados, pero también en la incontrolable actividad de hombres lobo como los Kouachi o los Breivik. La cultura de la paz, sepultada bajo las cenizas de las torres gemelas, sigue siendo la única vía para recuperar algo de sensatez y de sentido común. Habrá que escarbar con ganas para devolverla a la luz. Decía el añorado físico y pacifista Hans-Peter Dürr que “la paz no nos caerá en el regazo sino que requiere de un esfuerzo extraordinario. Precisa de mucho olfato, de precaución, prudencia y sobre todo de amplitud de miras. La paz es un arte. De entrada exige que seamos conscientes de lo que nos conecta como personas.” Son los seres desconectados los que se convierten en el reflejo de un mundo en el que las decisiones las toman autómatas y las ejecutan los drones. Frente a los fundamentalismos tan sólo cabe más conciencia. Y para extenderla se precisa de recursos y estructuras, pero sobre todo de que no se controle a las personas, sino a la codicia, la hipocresía y el miedo.
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