domingo, 21 de diciembre de 2014

Tratado Zombi

El Director General de la patronal ‘Transatlantic Business Council’ Tim Bennett lo tiene claro. El Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión (TTIP) es como Elvis Presley, porque uno no sabe nunca si está vivo o está muerto. Pero es de temer que la personalidad del TTIP vaya más allá de la de un roquero zombi. Para Pierre Defraigne, un experto en comercio internacional, es pariente directo del monstruo del Lago Ness, que nunca se deja ver por completo, pero que de vez en cuando asoma la cabeza a las gélidas aguas del océano para desaparecer ipso facto. El férreo secretismo impuesto a la negociación hace que realmente, a día de hoy, nadie pueda hablar con propiedad sobre la vitalidad de este Acuerdo, o dar detalles sobre su contenido. Se sabe que, como los fantasmas, duerme en los sótanos del Parlamento Europeo y que crece al mor de las negociaciones que tienen lugar, siempre, tras las cerradas puertas de estancias que se reservan amorosamente a la concupiscencia de los más aguerridos lobistas. El común de los mortales se ve así condenado al triste arte de especular, rebuscar y dejarse las uñas rascando en el fondo de las carpetas que alguna alma generosa desclasificó subrepticiamente, o aplicar el sentido común para descifrar la propaganda que con tanto ahínco promueve la Comisión.

Por suerte no falta gente con visión. Así el mencionado Pierre Defraigne, nos recuerda en un magnífico artículo que el TTIP obedece antes que nada a dos cuestiones de orden estratégico. Por un lado trata de dar respuesta a las fallidas políticas de austeridad europeas, y esconder su alto coste social en términos de desigualdad y de desempleo, perpetuando con su firma la constante huida hacia delante que caracteriza la filosofía neoliberal. Por el otro, formaría parte, junto al TPP (Trans-Pacific Partnership), de una estratagema geopolítica con la que los EEUU querrían forzar comercialmente a China para que flexibilice su mercado interior, recuperando así el liderazgo económico mundial. Lo que no es de ninguna manera el TTIP, es un acuerdo de carácter puramente comercial. Al margen de la eliminación de unos aranceles ya de por sí muy reducidos, de la liberalización de los servicios, o de la flexibilización de la contratación pública, este tratado despliega tres instrumentos, el de convergencia regulatoria, la asunción de reglas comunes y la adopción de mecanismos de arbitraje internacional, que lo convierten en una iniciativa que interfiere directamente en nuestra soberanía política y social e incide con fuerza en ámbitos como el laboral, el público, el industrial o el medioambiental.

Que un tratado de estas características sea tratado exclusivamente en el ámbito de la política comercial europea supone un desatino. La confidencialidad prevista para una negociación comercial es injustificable en el ámbito de un acuerdo que remueve la estructura de garantías y derechos con tanta o mayor fuerza que el frustrado tratado constitucional. El procedimiento, reservado a negociadores y expertos, no prevé tampoco el debate y enmienda parlamentaria del texto a nivel europeo o estatal. La disposición de todo el proceso, cuyo acto final pasa por su aprobación en el congreso de los EEUU, tiene un aire fulero, un halo de artimaña política, que parece pretender hurtarle a la ciudadanía europea la capacidad de incidir en un proyecto que le afecta en todos los planos de su realidad económica, política y social. Porque lo que pone en juego el TTIP es la calidad del empleo, de los servicios públicos, de la alimentación, la viabilidad de la pequeña y mediana empresa y la sostenibilidad medioambiental, pero afecta además de lleno a la propia construcción europea, embarcando a la Unión en un proyecto que no tiene en cuenta desigualdades evidentes y nos condena a ejercer de comparsa geopolítico de unos EEUU empecinados en resucitar una lógica de bloques totalmente desfasada.

La asimetría institucional entre los EEUU y Europa, con la inmadurez estructural por parte de la UE a la hora de consensuar políticas fiscales o de disponer recursos presupuestarios para una política común, convierten cualquier proyecto de integración económica transatlántica en un riesgo inasumible. La divergencia en la estrategia climática, en la concepción de los derechos de ciudadanía, en la cultura que separa lo público de lo privado, hacen del TTIP un paso hacia la disolución de la identidad europea en una aventura de corte imperial. Dice Sami Naïr que el tratado persigue “obstruir la senda a la mera posibilidad de un espacio económico europeo competitivo globalmente” y no le falta razón. El Acuerdo que se negocia distrae nuestra atención de la necesidad de recuperar la vocación social y política del proyecto común y de explotar el potencial de crecimiento social y económico que ofrece nuestro mercado interior. Supone además un freno a lo que parece evidente: La globalización precisa de multilateralidad. Para frenar el cambio climático, para combatir la pobreza extrema, para instaurar la paz. Por eso es prioritario reforzar las instituciones multilaterales y llegar a acuerdos y compromisos que pongan fin a la globalización como proceso de armonización a la baja e inviertan la tendencia en pro de una globalización justa. Para eso son necesarios los EEUU, pero también la República Popular China o una Unión Europea que ponga en juego su propia visión geopolítica.

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